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Yira, Yira y a Justicia

eduardo abrevaya

 

 

 

 

“…Cuando estén secas las pilas de todos los timbres que vos apretás, buscando un pecho fraterno para morir abrazao Cuando te dejen tirao después de cinchar lo mismo que a mi…”

El genial, poeta y músico, Enrique Santos Discépolo (27 marzo 1901 – 23 diciembre 1951) nos legaba allá por 1930, uno de los tangos más maravillosos que se han escrito: Yira, yira. La exquisita letra de este tango reflejaba el estado de ánimo de una sociedad desolada …cuando estés bien en la vía, sin rumbo, desesperao; cuando no tengas ni fe, ni yerba de ayer secándose al sol…, una sociedad triste y abandonada a su suerte después del golpe de estado que había quebrado una continuidad constitucional de más de 68 años. Había caído el primer presidente electo por la Ley Saenz Peña, la del voto obligatorio y secreto. Se había acabado -por lo menos en lo formal- el voto dirigido por el puntero. Había caído Yrigoyen. El pueblo argentino, nuestro país, empezaba a sufrir la seguidilla de golpes militares que nos lanzarían a una pendiente de la cual hoy todavía no escapamos. Yira, yira, refleja una verdad profunda. Decadencia. Derrota. Miseria. Expone en forma descarnada la más extrema desolación de un pueblo y del hombre común que busca ayuda y no la encuentra. El hombre que busca justicia y a cambio no tiene nada. Cuando estén secas las pilas de  todos los timbres… inmediatamente se me viene a la mente el Poder Judicial de la Nación y los Poderes Judiciales ProvincialesReductos finales y últimos, puesto que después de ahí no hay nada. El Juez (con mayúscula). El último timbre que tenemos como hombres dentro de una sociedad civilizada es el timbre del Juez. No el timbre del policía, del político amigo, del legislador. En una democracia republicana, es el Juez el último recurso. Después del Juez ya no hay nada. Viene al abismo. El Juez evita que nos matemos los unos a los otros cuando tenemos diferencias. El Juez dice lo que se debe y puede hacer cuando existe un litigio entre los miembros de una sociedad. En consecuencia la “pila” del juez, nunca jamás puede estar seca. Nunca. Una pila seca termina con la civilización porque le dice a la Barbarie: “me voy, no juego más, ahora entrás vos”. Durante el Proceso de Reorganización Nacional se lo escuché decir a alguien que buscaba a un familiar desaparecido: se me acabaron los timbres donde tocar. Estaban secas las pilas de todos los timbres. No había jueces y si los había eran impotentes aunque quisieran obrar. Había entrado la barbarie. Hoy han pasado ya muchos años, vivimos en “democracia”, pero –siempre hay un pero- nos encontramos con que las pilas de muchos timbres, ergo, de muchos jueces están secas. Son jueces venales, corruptos. No son jueces. Esto es grave pero más grave aún es que estamos siendo muy timoratos, muy indulgentes como sociedad, como pueblo, con estos mal llamados ‘jueces’. El juez que no responde tiene la pila seca y hay que cambiársela. Esto significa juicio político. Que deber ser rápido, eficiente y eficaz. Significa afianzar la Justicia tal y como reza el preámbulo de nuestra Constitución Nacional. Para el bien de todos y para mal de ninguno. Hace poco Carrió lo denunció a Lorenzetti por enriquecimiento ilícito. Esto es muy grave. Lorezentti es el timbre último. Después de él no hay nada. Yo como ciudadano quiero saber si el timbre del Presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación Argentina está seco  o no lo está. Quiero saber si funciona. Lo exijo. La justicia se exige. No puede haber dudas sobre quien detenta ese cargo. Ninguna. No puede haber duda alguna en cuanto a si el timbre Último funciona. Si no funciona ‘ese’ timbre entonces no hay civilización. Solo queda la barbarie.

Por Eduardo Abrevaya

Buenos Aires, 12 de febrero de 2016

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Eduardo Abrevaya

Eduardo Abrevaya

Abogado, Computador Científico. Especialista en Derecho de la alta tecnología. Docente Universidad Siglo XXI
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