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Un Vaso de Agua

martin ayerza

 

 

Martín Zeballos Ayerza

 

 

Salí a comprar el almuerzo a 3 cuadras de la oficina. Si, no tan cerca. Pero fui ahí porque la que atiende es una señora muy simpática de nombre Maral, descendiente de armenios y siempre tiene una sonrisa.

Con mi almuerzo en una bolsita, emprendí el regreso y a la media cuadra llegué a una parada de colectivos, sobre la Avenida Belgrano, cerca de la Iglesia Basílica de Santo Domingo. Había bastante gente haciendo fila. Sentada en el cordón de la vereda, una joven mamá con su recién nacido de unos dos o, a lo sumo, tres meses dándole de mamar mientra esperaba la llegada del colectivo. Seguramente, tenía que viajar hasta alguna localidad del conurbano bonaerense. Imaginé que tendría por lo menos una hora de viaje, desde que llegara su ómnibus.

Recordé los recientes consejos del médico a mi mujer, respecto de la necesidad de hidratarse bien para poder tener buena leche para el pequeño lactante. También me vino a la mente el recuerdo de cuánta sed le daba a mi esposa cada vez que amamantaba.

Seguí caminando unos metros pensando, qué lastima no poder ofrecerle un vaso de agua a esta chica. Seguramente debe estar muerta de sed. Pronto llegaría su colectivo…

Pocos pasos más adelante llegué a la puerta vidriada de un moderno y amplio centro de copiado. Tenía un largo mostrador, ambiente climatizado y asientos en la recepción para los clientes. Estaba vacío. Solamente un joven detrás del mostrador esperando la llegada de alguien para prestarle sus servicios de fotocopiado, ploteo y copiado de planos.

Se me ocurrió entrar y preguntar… tal vez.

–       Buen día, disculpame, me darías un vasito de agua?.

El joven dudo un instante.

–       ¿Cómo? ¿Perdón…?

–       Si, mirá, quiero hacerte cómplice de una buena acción. Afuera hay una señora esperando el colectivo y dando de mamar a su bebito recién nacido. Quería darle un vasito de agua, porque viste que las madres que amamantan necesitan tomar mucho agua… ¿No tenés un vaso de plástico con agua… de esos de dispenser?

–       Si, si tengo – me dijo mirando hacia atrás del mostrador- pero la verdad es que si te doy un vaso de agua, me pondrías en un compromiso.

Le agradecí cortesmente, lamentando su respuesta. Me volví hacia el trabajo pensando en lo ocurrido y en cuánto nos cuesta salir de nosotros mismos para hacer algo fuera de lo habitual. En este caso, además, para calmar la sed de una madre sentada en la vereda.

Seguramente atiende a los clientes con una sonrisa y posiblemente, si alguno se lo pidiera, le daría un vaso de agua. Pero… ¡darle un vaso de agua a alguien que lo quería para hacer una “buena acción”? Suena raro. Suena inesperado. No estamos preparados para lo infrecuente.

Me apenó pensar que ni el agua ni el vaso de plástico los pagaba el joven empleado de su bolsillo. Ni aún así fue capaz de ser generoso con lo ajeno. O, tal vez, se trató solamente de su faltar de capacidad para responder ante lo que no se espera.

Luego me puse a pensar en mí mismo. A lo mejor debí volver a otro local y conseguir agua. Seguro que esa chica me la iba a agradecer.

Y fue así que volví acá, a mi oficina, y se me ocurrió hacer algo al respecto: escribirlo. Para que lo leas vos y para que tal vez lo lean otros. Para que la próxima vez, no nos cueste tanto percibir las necesidades de los que están cerca. Para que estemos preparados para hacer algo infrecuente. Algo bueno. Para que sea más sencillo dar o conseguir un vaso de agua ajena.

30 de abril de 2014

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