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Triste, solitario y final

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Osvaldo Soriano imagina en su célebre novela, que Stan Laurel dijo sobre la muerte de su compañero Hardy: Ollie no era solo un amigo, era parte de mi; ninguno podía ser nada sin el otro. Nuestra vida fue el cine y lo compartimos todo…pronto me di cuenta que eramos uno solo. Yo no podía asistir a mi propio entierro. Así las cosas. En la Argentina de estos días hay solo dos personas que se pueden hacer de la presidencia de la Nación. Votado uno más que nada por el hartazgo ciudadano, no como producto de su falsa campaña de falso afilador, votado el otro por la fuerza del inmenso aparato propagandístico y por oposición a todo lo que representa el primero. Ahora los dos se quedaron solos en el cuadrilátero y les están por sacar el banquito, ese que te sacan y que te deja tan solo como se quedan los muertos. Los dos candidatos sufren de estupidez crónica, de cinismo, de hipocresía, de liviandades, de increíbles frivolidades y de siniestras ineptitudes. Los dos muestran casi y no tan casi, que estamos más adentro que afuera del manicomio. Dicen y afirman cosas que al instante siguiente niegan y que luego vuelven a afirmar con total impudicia. Afirman y niegan, lo absurdo, lo obvio, lo palmario, y todo con total desparpajo. No se les corre el rimel y nunca tampoco se ruborizan. Son una muestra cabal del vacío intelectual más profundo a que nos han llevado doce años de contra cultura, primero kirchnerista luego y en continuidad, cristinista. La población atónita, sufre con la inflación que le licua el ingreso y el plan, muere por la droga y muere por el delito. Nada pasa. Todo pasa. Ninguno de los dos candidatos se pone serio tras un ‘triunfo’ y además siempre ganan, nunca pierden. Globos, cumbia, Montaner y mucha fe, mucha esperanza y mucha caridad centrípeta -esa que debe ir siempre hacia ellos- dominan el impúdico escenario. Alucinante desparpajo. Jamás exponen algo con ‘cierta’ o larvada profundidad. A esta altura es claro que no saben, no pueden y que tampoco quieren, si total, les ha ido tan, pero tan bien ¿para qué cambiar? Uno esta ganador y requerido, el otro perdedor y enojado. Quiere llegar, está cerca pero la arena del triunfo se le está yendo de la mano. Sabe que pierde. El y ella ya lo saben. De ahí la bronca casi descontrolada. El falso afilador tiene que equivocarse mucho para perder porque no ha hecho nada -literalmente- y va a ganar, así todo lo indica. La reflexión final es para la presi, la sabelotodo que anida en la rosada. Tal vez y solo tal vez – recalco- ahora en el triste, solitario y final, se percate definitivamente, que al igual que el flaco, ella tampoco puede asistir a su propio entierro.

Por Eduardo Abrevaya

Buenos Aires, 29 de noviembre de 2015.

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Eduardo Abrevaya

Eduardo Abrevaya

Abogado, Computador Científico. Especialista en Derecho de la alta tecnología. Docente Universidad Siglo XXI
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