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Semana 37 – Otra vez las importaciones

Germán Reload

 

 

 

 

Un error a erradicar del razonamiento político y económico nacional es el analizar cada medida fuera del contexto internacional, local e histórico.

Hablar de importaciones sí o no, o de la inefable política de sustitución de importaciones es algo que desde el punto de vista internacional, local e histórico merece por lo menos una actualización. Pretender siempre vender y nunca comprar es un contrasentido. La política de sustitución de importaciones supone salir al mundo a cazar tontos interesados en solo comprar, o bien, incurrir en la zoncera de creer que Argentina es el único o el mejor vendedor de aquello que produce, y que para hacerlo utiliza tecnología, finanzas y capital disponible al ciento por ciento dentro de sus fronteras.

Otra idea falsa es que cada vez que Argentina importa pierde empleo o, peor aún que Argentina puede producir sin importar nada del exterior. Argentina, al igual que todos los países del mundo, está viviendo el año 2016 o su equivalente. El mundo actual tiene la tecnología, el capital y las finanzas globalizadas. Esto significa que su utilización requiere de relaciones comerciales y políticas que tienen exigencias comunes y extendidas a todo el planeta. Consecuentemente, la integración y el intercambio con el mundo bajo ciertas reglas, es una de las condiciones necesarias para producir, comprar y vender en la actualidad. A mayor y mejor relacionamiento comercial y político, más chances de desarrollo para un país o región.

Las aperturas irracionales no son demandadas como condición de la integración, ni tampoco las propongo aquí. Pero si es cierto que los niveles de apertura comercial determinan el ingreso de tecnología, financiamiento e inversiones. Veamos la diferencia entre los países más o menos inteligentes para ejecutar su integración global. Verifiquemos como están aquellos que cierran sus fronteras y apuntan a un desarrollo autónomo en vez de integrarse al mundo. Miremos a Venezuela, que es el ejemplo más cercano de perseverancia en el proteccionismo y las políticas de maximización de sustitución de importaciones. Podemos contrastar también los avances de la novísima Alianza del Pacífico y el presente del ya viejo MerCoSur, que está en crisis bajo el proteccionismo irracional de sus principales miembros.

Es conveniente superar el debate de proteccionismo sí o no, de importaciones sí o no. Es necesario avanzar y debatir las herramientas para maximizar inteligentemente las ventajas de los procesos de integración y del intercambio comercial global. El intercambio comercial produce ganancias recíprocas. No es cierto que en una compraventa el que vende gana y el que compra pierde. Tampoco es cierta esta aseveración llevada a niveles macro, entre empresas o países o regiones.

Las transacciones comerciales satisfacen a ambas partes, tal es la condición necesaria para que sucedan los intercambios comerciales, el beneficio recíproco. El precio que se paga es un bien que satisface menos que aquello que se adquiere pagándolo, en este sentido ese precio es el costo de satisfacer una necesidad, y entonces la ganancia es la diferencia entre ese costo pagado (precio) y el valor subjetivo de la satisfacción que se obtiene por la compra es el beneficio obtenido. Las valoraciones y los beneficios son subjetivos, por tal razón, en toda transacción consumada ambas partes salen ganando según sus valoraciones subjetivas. Ambas partes de la transacción obtienen un mejor estado de satisfacción de sus necesidades gracias al intercambio. Porque el valor de las cosas es subjetivo es que fracasa el control de precios, el precio no es una simple sumatoria de costos materiales de un producto, sino que, además es la valoración subjetiva de ese bien, en un momento determinado y para un comprador determinado. El Estado jamás puede tener la información necesaria para valorar cada transacción de cada producto, y si la tuviese, carecería de interés el control porque sería igual al valor “de mercado”, que es el espacio de cooperación social dónde se satisfacen las necesidades de sus miembros y se produce esa información con cada intercambio.

Ahora, cuando los gobiernos intervienen para determinar los mecanismos de decisión, afectan las valoraciones subjetivas de los agentes económicos por razones “objetivas” de planificación del Estado, es decir, ajenas a la voluntad de cada uno y en supuesto interés general. Con ello afectan  (postergan) los beneficios esperados que son los que determinan cada decisión, por mínima que sea, desde la compra de un alfiler hasta la inversión de las ganancias de una actividad económica.

Esto parece muy teórico pero apliquemos el razonamiento a nuestra Argentina. Vemos que, siendo un país productor de alimentos y al mismo tiempo uno de los más proteccionistas del mundo, por esa política de intervención, aplica impuestos y retenciones a quienes producen eficientemente alimentos, para financiar a quienes no producen eficientemente en otras actividades, encareciendo artificialmente, en el ejemplo, esos mismos alimentos que se producen eficientemente. Éstas, entre otras, son las transferencias de riquezas que los gobiernos hacen para “sustituir importaciones” o para “sostener el empleo”. Es muy loable la motivación del Estado, pero resulta que acudiendo a dichas herramientas de intervención, pronto destruyen las actividades favorecidas y a las gravadas para favorecer o subsidiar, las encarecen, e incluso se pueden llegar a destruir. Así sucede con la lechería, la ganadería y las llamadas economías regionales, pero resulta que también viene sucediendo lo mismo con la energía, que de exportarla pasamos a importarla. Es que mediando error esencial nadie puede eludir las consecuencias, más temprano que tarde, todos pierden.

Si fuese bueno el combo de controles más o menos intensos de precios, de cambios y del comercio exterior, con más altos impuestos y déficit fiscal, Argentina estaría de maravillas, porque hace muchas décadas que practica en simultáneo por lo menos tres de los ingredientes mencionados. Si fuese bueno, por ejemplo, promover una actividad económica, pues entonces nuestras PYMES deberían ser potentes. En definitiva, con todo lo promovido y subsidiado deberíamos estar entre los mejores países del mundo. Esto no es así, entonces algo está mal, esas herramientas puede que no sirvan para los objetivos planteados.

El desafío es dejar atrás los análisis simplistas de importar si o no. Ese debate en realidad desvía la atención y evita visualizar que Argentina tiene todo un sistema que se fue montando, gobierno tras gobierno, lentamente, sobre el error esencial de pensar que Argentina se puede desarrollar sola, el “vivir con lo nuestro” resultó necesariamente en el “vivir aislados del mundo”. Financiar ese error significó endeudarse, más y más impuestos, inflación permanente, déficit fiscal crónico y sumar pobres, todo en un contexto de pulverización de los servicios públicos básicos. Estos magros resultados, en vez de motorizar un cambio, terminaron siendo, una y otra vez, la excusa para redoblar la apuesta en el error. Más pobres y más déficit entonces otra vez se “necesitan” más impuestos, más créditos y más inflación para alentar el consumo y la inversión. Claro que podemos elegir ser conservadores, seguir el mismo camino, sabemos cómo se hace, tenemos la experiencia y las herramientas, además, sabemos las consecuencias.

El error de concepción puede ser reemplazado desandando el camino largamente recorrido. Alentar el consumo sí, pero probemos hacerlo sin emitir dinero o subsidiarlo, podemos, por ejemplo, bajar los impuestos. Gasto público sí, pero sin provocar déficit fiscal y así sucesivamente.

En algún pasado remoto, sin comunicaciones globales, sin tecnologías, finanzas y capitales internacionalizados, las ideas de desarrollo montadas casi exclusivamente en aplicar barreras arancelarias y manejos de los tipos de cambio y de los precios se utilizaron en el mundo, pero aún entonces, no fueron sustentables y fracasaron. El mundo cambió y todo aquello no existe más, buena parte del mundo hizo sus aprendizajes y se desarrolló. Insistir en ideas y herramientas perimidas es tanto como querer solucionar un problema actual de software con un destornillador. Aceptemos el desafío de pensar y actuar conforme el tiempo que vivimos.

Por Germán Gegenschatz

11 de septiembre de 2016

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Germán Gegenschatz

Abogado - Diplomado en Historia Política Argentina