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Semana 28 – Pensando el Bicentenario

Germán Reload

 

 

 

 

 

Las fechas patrias conmueven y renuevan el vínculo afectivo de cada ciudadano con su país, con su patria, es el sentimiento y la identidad que nos une a todos sin que nadie pueda apropiárselo para sí mismo.

Son festividades emotivas y evocativas, por eso, que ningún sector sea excluido de las celebraciones es clave para promover la siempre buscada “unidad Nacional”, difícil de lograr cuando se confunde la “unidad” con la “uniformidad Nacional”, que es esa aplanadora antidemocrática y antirrepublicana que lleva a enfrentamientos entre hermanos.

Además de emoción y evocación, las festividades intensas llevan a pensar el rol de la historia en la vida ciudadana. Hay por lo menos dos formas de pensar la historia que nos llevan por diferentes caminos: la primera entiende la historia como proveedora de un deber y un destino ineludible y, la segunda, entiende que la historia provee experiencias para decidir que suman al presente, sin liberar al contemporáneo de tomar decisiones sobre su presente y futuro.

La primera forma dice que la historia nos enseña cómo vivir, que nos señala los aciertos y errores del pasado, que hay una ley que gobierna la historia por encima de los hombres. Pensada así, la historia es fuente de verdad, de certezas, provee “sentido” y marca “el camino a seguir”, sea como fatalidad o como destino. Esta idea alimenta la existencia de una “historia oficial”, siempre estatal, siempre única y siempre verdadera. Es la idea fundante de la creación del “Instituto Dorrego”[1], de las clases de Zamba y otras iniciativas “uniformizantes”, a partir de la cual quienes pensaban distinto eran ajenos a la comunidad nacional. La historia deja de ser experiencia común ni está en el pasado, la historia es de una parcialidad, es un mandato que determina el hoy y el futuro, creen que la historia provee un orden y un plan a cumplir.

La segunda forma de ver la historia es como experiencia común a todos, sin dueños ni intérpretes oficiales, sin casualidades pero sin fatalidades, el hombre tiene mucho que ver en el curso de su historia. La historia es siempre un registro del pasado, de hombres que no estaban sujetos a un destino fatal señalado por el hombre pretérito u otro ser, no es la “astucia de la razón” de Hegel ni la condena de la providencia, sino que aquellos hombres tomaron una decisión entre otras disponibles, asumieron su tiempo vital como propio y decidieron hacer. En aquél momento, esa decisión tuvo las razones y los efectos que podemos discutir y analizar hoy, pero que aunque hoy se pueda compartir los fines, el contexto variable más la libertad de querer y decidir de cada hombre, hace que hablar de “destino histórico” o de “fatalidad histórica”, carezca de todo fundamento verificable. El hombre decidió y decide sobre una realidad cambiante, entonces la historia queda en el pasado, hoy es otro tiempo, son otras las decisiones para otro contexto. Mal que nos pese el futuro es impredecible, aún cuando podemos influir en él.

Las discusiones ocurridas en el año 1816, no fueron sobre el desembarco de Colón o qué quisieron los conquistadores para América y en función de ello decidir. Ellos se sintieron sin ataduras con su propia historia, analizaron el contexto de los reinos de Europa en su tiempo, la evolución de la emancipación americana, las disputas en nuestras tierras y se prefiguraron un futuro y es en función de todo esto, que tomaron las decisiones que hoy evocamos.

Si los congresistas de 1816 son fuente de admiración para nosotros, entonces, tomemos de la historia la experiencia que provee en cuanto al cómo tomaron la decisión que hoy recordamos. Es decir, para nuestros problemas de hoy veamos en qué anda el mundo, qué problemas domésticos tenemos, imaginemos qué va a suceder en el futuro del mundo y ahí veamos qué decisión tomar.

Si algo se repite en los próceres es que, a partir de un profundo conocimiento de la realidad que les tocó vivir y una acertada previsión del futuro, supieron adoptar las decisiones más favorables. Es decir, hicieron todo lo contrario a vivir prisioneros de un supuesto “destino histórico” a cumplir, se animaron a modificar la inercia de sus tiempos, me pregunto si hoy estamos haciendo esto.

Por Germán Gegenschatz

10 de julio de 2016

[1] Me refiero al Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego, creado por Decreto Nº 1880/2011 del 17 de noviembre de 2011, disuelto por el Decreto Nº 269/2015 por entenderse que: “no es función del Estado promover una visión única de la historia ni reivindicar corriente historiográfica alguna sino, por el contrario, generar las condiciones para el ejercicio libre e independiente de la investigación sobre el pasado”.

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Germán Gegenschatz

Abogado - Diplomado en Historia Política Argentina