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Ojos de Intolerancia

victoria armoa

 

Así como nuestra identidad como personas se forma en parte con lo que otros dicen que somos, aquellos países que han surgido luego de emanciparse de siglos de dominaciones coloniales presentan una fuerte influencia externa en la forma en que estructuraron su economía, sus instituciones, su sociedad y también su cultura. El tema del idioma es una obviedad, así como ciertos hábitos o costumbres. Sin embargo, existen otros aspectos que no son tan obvios aun siendo pilares fundamentales de nuestra autoimagen como cultura.

Es que el primer espejo en que nos miramos apenas nos hicimos independientes era en realidad el retrato  idealizado de una Europa que avanzaba a pasos agigantados propulsado por la energía poderosa del liberalismo que prometía al ser humano el progreso ilimitado hacia la felicidad eterna. Del mismo modo que las muchachas deciden ponerse a dieta para parecerse a aquella modelo que admiran, la joven argentina se veía en la necesidad de eliminar de su vida a aquellos “elementos” que perturbaban ese reflejo, reproduciendo así en su mente la imagen de destrucción del distinto que llevaría a su ídolo a la destrucción de las Guerras Mundiales.

La imagen que Europa tiene del mundo es traída, como señala Mary L. Pratt , por sus “Ojos Imperiales” .Son ojos rapaces que solo harán foco en recursos estratégicos materiales, dejando de lado a la Humanidad, que se vuelve progresivamente borrosa. Esta mirada intolerante de destrucción del otro se convierte en un elemento constitutivo de la Nación Argentina. Es ese espíritu el que inspira la Conquista al “Desierto”, esa campaña militar que cobró miles de vidas de personas que no compartían el mismo concepto de nación que los seres civilizados que estaban a cargo de la organización del Estado Argentino, contradictorio desde su mismo nacimiento. La misma mirada llevó a resultados idénticos en ambos continentes: muerte más destrucción.

La intolerancia, como elemento troncal de nuestra identidad, sigue teniendo una fuerte influencia en la actualidad. El rechazo a la multiplicidad de voces, de ideas o posiciones sigue generando el mismo grado de violencia que hace 150 años. La violencia de deshumanizar al otro porque piensa o actúa distinto a lo que se espera.

El sentir como objeto a aquel que es diferente a “nosotros” tal vez sea posiblemente un defecto genético de nuestro surgimiento como nación. Tal vez , en cambio, sea solo un cuestión de enfoque, que pueda ser transformado mediante la visión con otros ojos, no ya los rapaces del pasado sino unos nuevos que vean al otro como un ser humano exactamente tan valioso como uno mismo.

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