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Mi modesto aporte a la confusión general

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NO ES ANÍBAL, ES SCIOLI

Nadie se fugó. Los tres buscados no son narcos, aunque quedaron en el medio de una guerra que parece de narcos. Hay que mirar a Casal, como advirtió Lilita, pero más hay que mirar a Scioli.

Advierto una confusión conceptual generalizada en los medios de comunicación y en casi todos los que han opinado hasta el momento sobre el tema de la supuesta fuga de los hermanos Lanatta y Víctor Schilaci del penal de Gral. Alvear. También advierto, por supuesto, que se trata de una visión demasiado solitaria pero siento la necesidad de expresarla antes de que avance la película y se develen los misterios. Después no tendría gracia.

NADIE SE FUGÓ

Cierto periodismo se enfoca en la fuga. ¿Cómo puede ser que se hayan fugado de un penal de máxima seguridad? Tienen que haber contado con la complicidad de las autoridades, dicen.

Pero lo que yo veo es que nadie se fugó. Los hermanos Lanatta y Schilaci, tomaron la decisión de irse y, simplemente, se fueron. Eso no fue una fuga. Porque lo que hay que entender es que, en nuestro país, los penitenciarios no controlan las prisiones, sólo prestan servicio de portería. Seguramente el verdadero poder en la prisión de Gral. Alvear eran los que se fueron.

El sistema penitenciario argentino no controla los institutos porque ha recurrido al modelo de delegar ese control en uno de los estamentos o castas que integran la población carcelaria, precisamente la de los ladrones “pesados”, integrada por aquellos delincuentes de mayor peligrosidad, que son los que cuentan con mayor prestigio entre la delincuencia. Ese prestigio se acrecienta con el asesinato de policías, “proezas” que los pesados no dudan en perpetuar en sus cuerpos con tatuajes simbólicos, que ostentan como si fueran condecoraciones.

Esa delegación de la potestad del Estado, que sucede aquí desde tiempos inmemoriales, aunque nadie lo admita, se sustenta en mitos y fundamentos tan falaces como inaceptables.

Hay quienes dicen que es la única manera de controlar las prisiones y que funciona así en todo el Mundo. Pero no es cierto que no exista otro modo. Es el método más fácil. Se le reconocen privilegios a esa casta de delincuentes pesados y, a cambio de esos privilegios, se negocia con ellos para que no causen problemas.

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Ese sistema pudo haber funcionado durante ciertas etapas históricas pero los países europeos e incluso los Estados Unidos, hace ya mucho tiempo que lo han abandonado, recuperando el control de las prisiones.

Además de resultar inaceptable desde todo punto de vista. Ético, moral y legal. Las consecuencias de ese sistema son horribles y generan toda clase de problemas en el tejido social.

¿Un ejemplo? Cuando un delincuente descubre que alguna de sus víctimas es policía, lo asesina en el acto, asegurándose que no sobreviva. Los fusilamientos de policías por parte de los ladrones, obedecen a la búsqueda de prestigio por parte de quienes saben que algún día pueden terminar alojados en una prisión. A los “candados” -así les llaman a los penitenciarios – no les importa, ellos también odian a los policías.

Así es como suceden hechos como el de Moreno, en el que dos personas pasaron en una moto y balearon a dos policías que estaban parados en la vereda, porque sí, porque eran policías.

Otro ejemplo, que sorprendentemente no ha advertido el CELS, tan sensible a las violaciones de los derechos humanos por parte de las fuerzas de seguridad, es que los ladrones pesados tampoco garantizan el respeto de los derechos humanos de la población carcelaria. La disciplinan con facas, vejaciones y torturas, cuando no con brutales asesinatos, y todo con absoluta impunidad. Hay que terminar con esa cultura. Ese es el cambio revolucionario que hace falta. El que controla la prisión intramuros, termina controlando todo y no se va porque no quiere, y cuando quiere se va.

Apenas conocido el hecho, Horacio Verbitsky, en Página 12, se refirió a la situación del Servicio Penitenciario Bonaerense del siguiente modo: “durante los últimos ocho años, el Servicio Penitenciario gozó de márgenes excepcionales de autonomía, que coincidieron con un incremento insensato de la tasa de prisionización (sic) y de la violencia intramuros como forma perversa de gobernabilidad, que luego se vuelca en forma inevitable a todas las calles de la provincia. Por primera vez en la historia, el SPB pudo colocar a uno de sus hombres al frente de la Justicia y de la Seguridad bonaerenses, el alcalde mayor penitenciario Ricardo Blas Casal.”

Más tarde, Jorge Fernández Díaz, en su columna del Domingo 3 de enero del diario La Nación, hace referencia a la debilidad del personal del SPB frente a los convictos que deben custodiar: “…y los penitenciarios de a pie siguen siendo menesterosos con salarios de hambre y con pocos incentivos… El “gobierno de los Derechos Humanos” no revalorizó profesionalmente el oficio y permitió que en las cárceles se siguieran infligiendo todo tipo de tormentos e indignidades. A su vez, optaron por no desarmar los curros “por el bien de la paz social”.”

LOS TRES BUSCADOS NO SON NARCOS.

Y digo que los hermanos Lanatta y Víctor Schilaci seguramente eran los que manejaban esa prisión porque no son narcos. Los narcos no manejan las prisiones. Ni los cachivaches, ni los evangelistas y mucho menos los homosexuales. Las prisiones las manejan los chorros, los pesados. El prontuario de los tres buscados es elocuente. Las causas que allí se ilustran son por robos, de camiones, en poblado y en banda, extorsiones y asesinatos. Es decir, son prontuarios de chorros, pesados, pero no de narcos. Son “oficios” muy diferentes y quienes se dedican a ellos tienen métodos y formas de proceder también muy diferentes.

¿Cómo quedaron entonces en medio de una pelea de narcos? Del mismo modo que puede haber entrado La Morsa, que tampoco es narco. Porque lo que se traficaba no era droga, no estaba en la lista de sustancias prohibidas en nuestro país. La efedrina era legal. Según los testimonios de la causa, La Morsa se enteró que alguien que se estaba llenando de guita con ese producto necesitaba su ayuda y muy probablemente trató de hacerse socio o, si podía, quedarse con todo el negocio. Y eso es lo que dicen que intentó hacer. Ahí es donde aparecieron los muchachos, ex barras de Quilmes, pesados, que terminaron condenados por ser los autores materiales del triple crimen, de Quilmes, no de General Rodríguez que es donde fueron a tirar los cuerpos después de haberlos matado en la casa de Videla al 600, en Quilmes. ¿Por qué los tiraron lejos de Quilmes? La respuesta es obvia.

NO ES ANÍBAL, ES SCIOLI.

Pero un día llegó la interna del PJ bonaerense. Scioli, a pesar de las señales que le llegaban desde Roma, pretendía mantenerse equidistante en la puja entre el candidato a Gobernador de Cristina y el candidato a Gobernador del Papa. Hasta que advirtió que si Aníbal Fernández ganaba la interna, el rechazo que provocaba afuera del PJ podía afectar su candidatura presidencial. Según reveló el periodista Francisco Olivera, en el programa Odisea, Scioli habría dicho: “No quiero que me pase lo que le pasó a Macri, que por llevar un mal candidato casi pierde la Capital” e inmediatamente empezó a jugar fuerte a favor de Julián Domínguez y Fernando Espinoza.

Scioli reforzó la campaña en Show Match y en algunos espacios del grupo Clarín, seguramente gracias a los buenos oficios de Cristóbal López, dueño de Ideas del Sur, y de Lautaro Mauro, nexo entre el sciolismo y Tinelli, o quizás de Alberto Samid, a quien algunos atribuyen una antigua amistad con Magnetto. La cuestión es que esa semana Alberto Samid y Lourdes Sánchez llevaron a Fernando Espinoza a la previa de sus bailes. El Consigliere de Scioli, Fernando Burlando, directamente armó un acto de campaña sciolista en el programa. Y la foto de Julián Domínguez aparecía a cada rato en el gigante video wall del estudio principal de Ideas del Sur. Pero en las encuestas de la interna del PJ, seguía adelante Aníbal, con un margen difícil de remontar para su competidor.

En ese contexto, una semana antes de las PASO, apareció el video de Martín Lanatta diciéndole a Jorge Lanata, en un cómodo espacio de la prisión, cuidadosamente acondicionado como set de televisión, que Aníbal Fernández era La Morsa.

Aníbal Fernández supo inmediatamente de dónde había partido el exocet que le tiraron y les sugirió a Domínguez y a Espinoza que dejaran de comprarle cocaína a los transas. La interna se volvió bizarra. Un popular twittero explicaba que, en esa elección, el peronismo estaba definiendo quién manejaría el negocio de la droga durante los próximos cuatro años, si el cartel de Quilmes o el de La Matanza.

Pero Aníbal Fernández también sabía que por encima de Domínguez y Espinoza estaba Scioli. Por eso, cuando éste regresó de su inoportuno viaje a Roma, en medio de las inundaciones, Aníbal Fernández declaró a los medios: “Le pregunté si trajo alfajores”.

Resumiendo, todo indica que los autores del triple crimen dejaron de responder a La Morsa porque habrían sido captados por Ricardo Blas Casal, el Ministro de Seguridad de Daniel Scioli, un personaje que resultó más pesado y temible que el mismo Aníbal Fernández, a quien, en definitiva, se lo llevó puesto.

Por eso es que también se equivoca el periodismo que hace foco sobre Aníbal Fernández y se olvida de Casal y, especialmente, de Scioli. En ese sentido, como es costumbre, la primera en apuntar para el lado correcto fue Lilita Carrió, cuando apenas tomó estado público la noticia dijo: “Hay que investigar a (Ricardo) Casal”.

Una semana después, en la edición del Domingo 3 de enero del diario Clarín, Julio Blanck se hace tres preguntas encadenadas: “¿Quiénes estaban interesados en sacar de la cancha a Aníbal?; ¿Quiénes tenían la capacidad de facilitar el acceso a Martín Lanatta en la cárcel de General Alvear para que haga su denuncia?; y ¿Quiénes pueden haber prometido como pago una huída sencilla y sin riesgos?” Y se contesta: “Todo apunta a ex funcionarios importantes del sciolismo”.

EL SCIOLI QUE NADIE QUIERE VER

Pero esto no es algo que sorprenda a quienes conocen bien a Scioli y sus laderos. En agosto de este año, un informe firmado por un tal Andrés Márquez, publicado por Realpolitik, un diario on line que sigue muy de cerca y con todo detalle la política de la Provincia de Buenos Aires, explicaba muchas cosas interesantes, como el mecanismo previsional que estimula a los comisarios para entrar en el perverso sistema recaudatorio, que Scioli mantuvo incólume. Pero lo más interesante de ese informe es que pasaba revista a tres hechos criminales, muy oscuros y con fuertes sospechas sobre el poder político, en los que se repetían los mismos nombres: Casal, Scioli y Burlando.

El primero es el de “La banda de los Quiroga” o “La banda de los C4”; el segundo es el caso Candela (que además sirvió para que Casal disciplinara a Mariotto – sería muy interesante poder leer el informe de la comisión del Senado Bonaerense que investigó el hecho y recibió testimonios que nunca trascendieron); y el tercero fue el cuádruple crimen de La Loma, en La Plata (el del Karateca perejil y el remisero narco). Sostiene el informe citado que en todos estos hechos, cuando la situación se complicaba, aparecía el mediático abogado Fernando Burlando, defendiendo a personajes que no podrían pagar sus honorarios, con la inocultable misión de desviar la investigación para limpiar a la policía y al poder político. También explica que a Burlando lo contrataba su amigo Daniel Scioli y dice que le habría llegado a pagar, por esos servicios, mensualidades que superaban el millón de pesos.

El periodista de Realpolitik aclaraba, finalmente, que esos eran sólo tres ejemplos, la punta del iceberg, pero que si se tiraba de la piola aparecería una trama sorprendente.

Tirando de la piola, entonces, aparecieron otros dos informes. Esta vez publicados por AGEPEBA (Agencia Periodística de Buenos Aires), en los que gente vinculada con el ex Juez de la CSJN, Eugenio Raúl Zaffaroni, y con la Facultad de Periodismo de la UNLP -es decir, del kirchnerismo de paladar negro -, consignaba detalles escalofriantes sobre las derivaciones del caso Candela. Especialmente sobre la muerte de Roberto Aníbal, el carnicero que falleció víctima de la oportuna explosión de una garrafa, Roberto Aníbal era el principal testigo que fue muerto horas antes de tener que declarar en una causa en la que -sonará familiar – el Poder Ejecutivo logró desplazar al Juez (Meade) y al Fiscal (Tavolaro).

En conclusión, si los señores que están paseando por el Sur del Conurbano bonaerense, comprando verduras, apretando suegras y practicando tiro al blanco con los puestos policiales, traicionaron a La Morsa, causándole el perjuicio más grande que se pueda imaginar, no se advierte cómo les podría resultar tan sencillo volver a contar con su protección. Quizás sea por eso que Aníbal habla sin temores mientras Scioli guarda hermético silencio y Casal se apura a decir que esto no tiene nada que ver con la política. Nadie lo había acusado pero el tipo salió a defenderse.

Por supuesto que es muy difícil que la gente comparta estas sospechas sobre Scioli, cuando enfrente tiene servido un personaje tan emblemático como Aníbal Fernández. Además, Scioli siempre contó con ese escudo mágico que lo dejaba a salvo de cualquier sospecha o menoscabo, a pesar de estar al lado, avalando y compartiendo las tropelías de los personajes más siniestros de la política argentina de los últimos tiempos. Pero el rey de la tolerancia, el faquir, el profeta del vitalismo, del vamos para adelante con fe y con esperanza, el máximo líder de la línea Aire y Sol, un día, cuando vio que se le estaba escurriendo el sueño de la presidencia, se quitó la careta y sorprendió a todos poniéndose al frente de la más salvaje campaña sucia, mostrando una cara que antes nadie le había visto.

Quizás sea por eso que recién ahora logro conectar todo esto con algo que, en su época, cuando Scioli todavía no había llegado a la gobernación, me llamaba la atención, Y era que, a pesar de los concursos preventivos y quiebras en los que se vieron involucrados su empresa familiar y los emprendimientos de su esposa, siempre exhibió un nivel de gastos descontrolado y exagerado, aún para gente con patrimonios más sólidos o importantes. El político corrupto suele ser pródigo con el patrimonio del Estado pero es muy extraño que lo sea con el propio. Ese es un estilo que, en cambio, caracteriza a los narcos. Cuando la quinta de Scioli, “La Ñata”, con ese derroche de amenities y mal gusto y su colección de estatuas de personajes vulgares, como los hermanos Pimpinella, se me representó del mismo estilo excéntrico que “Nápoles”, la hacienda de Pablo Emilio Escobar Gaviria, decidí que ya era hora de frenar la asociación de ideas y juntar más elementos antes de proseguir.

Pero la hipótesis no puede ser descartada. Es lógico que a cada paso que se da en el submundo del hampa de la zona Sur del Conurbano bonaerense aparezca la foto de Aníbal Fernández, de ahí viene esa gente, pero el vínculo con los buscados no se puede haber recompuesto. Todo lo contrario. Seguramente, la mejor noticia que podría recibir Aníbal Fernández sería que aparezcan tres cadáveres en el Parque Pereyra Iraola. Hay que investigar a Casal y, especialmente, hay que mirar a Scioli, que a esta altura se estaría anotando un poroto en el partido que juega contra Cristina por el liderazgo de “La Resistencia”.

Por Guillermo Vattuone

Buenos Aires, 4 de enero de 2016.

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