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La tercera vía del desarrollo Argentino

Santiago Pellegrino

 

 

 

Desde el momento de su creación, el deseo de grandeza que inspiró a nuestra patria trató de canalizarse, entre otras esferas, a través de la temática del desarrollo. Siempre respondiendo a los diversos climas de época, Argentina intentó adaptarse a los diversos paradigmas mundiales y regionales, a fin de poder consolidar el enorme potencial de riqueza de nuestro territorio en fuente de prosperidad y paz. No obstante, los avatares políticos, culturales y económicos por los que atravesamos los argentinos no permitieron transformar ese deseo de grandeza (tan presente en nuestro espíritu nacional) en una senda concreta de desarrollo.

Podríamos identificar, en líneas generales, dos modelos de desarrollo que el país adoptó a lo largo de la historia, ambos con eje en una visión puramente economicista. Los límites que presentan cada uno de ellos son los que hacen que no sea posible superar la situación de estancamiento ni dar un salto de productividad que le permita al país concretar esa senda que mencionaba anteriormente.

En primer lugar, menciono el modelo primario exportador. Es el gran generador de la riqueza nacional. Centrado en la inmensidad de recursos naturales que presenta el país, ha sido el eje del crecimiento de la economía nacional. Incluso en gobiernos que intentaron implementar otros modelos, se utilizaron las riquezas generadas por el sector primario como fuente de financiamiento. Sin embargo, este modelo presenta dos límites, relacionados mutuamente: por un lado, si bien genera valor agregado principalmente a través de la tecnificación agropecuaria, no genera empleo masivo; por el otro, dada la distribución de tierras (siendo objetivos, no entrando en cuestiones ideológicas) el modelo tiende a concentrar más la riqueza que se genera en pocas manos.

Un poco por esos límites como también por las realidades históricas del siglo XX, Argentina intentó avanzar en la implementación de un modelo industrial orientado hacia el mercado interno. Las fábricas emplean mayor cantidad de gente que los campos y es por ello que los gobiernos que intentaron industrializar el país recibieron fuertes respaldos de la población, principalmente de los sectores populares que veían que, a través del incremento de sus ingresos, podían acceder a bienes y servicios que les permitían realizarse como personas. De esta manera, entendemos que este modelo tiende a redistribuir mayormente la riqueza. Pero de haber sido una instancia superadora, hoy seríamos potencia industrial. Algunas tradiciones históricas promueven la tesis de que fueron los gobiernos dictatoriales o asociados a los sectores conservadores los que impidieron la profundización de este modelo y, como contrapartida, pugnaron por volver a centrar el eje del desarrollo en el modelo primario exportador. Más allá de la validez de muchos de estos argumentos, lo cierto es que el modelo industrial mercado-internista presenta límites objetivos, más allá de las cuestiones políticas o las diferencias en la visión de las tradiciones histórico-económicas del país. Los menciono a continuación: el tamaño del mercado, la falta de inversión, la dependencia de los insumos y el escaso financiamiento (incluso estatal). Las consecuencias son conocidas por los argentinos: límite de la capacidad instalada, déficit fiscal, déficit comercial, inflación y estancamiento. Estos factores hacen que el modelo industrial mercado internista sea poco competitivo.

De esta manera, la senda del desarrollo en Argentina atravesó caminos ambivalentes, está llena de avances y retrocesos y, lo que es peor, no logra encontrar una fórmula superadora e inclusiva. Se ha transformado en un interminable juego de la oca. Para salir del embrollo, se plantean diversidad de caminos que podríamos llamar “clásicos”: volver a centrar la estrategia en la explotación de los recursos naturales, incentivar la inversión a través de consolidar “costos competitivos”, reducción de la presión tributaria y devaluación.

Frente a estos escenarios, aparece la “innovación” como un camino alternativo a los mecanismos clásicos. El planteo está acorde a los signos de los tiempos: desde finales del siglo XX diversos autores estudian el impacto de las ideas y la gestión del conocimiento como motores del desarrollo. Se habla de economías de la innovación, de sistemas nacionales (o incluso territoriales) de innovación y de la sociedad/economía del conocimiento para entender este fenómeno. Estudiar este paradigma puede traer implicancias concretas en la senda argentina y, en mi opinión, puede contribuir a salir del dilema entre el modelo primario-exportador o el modelo industrial-mercado internista. Considero que, esencialmente, Argentina debería centrar su estrategia de desarrollo en la gestión del conocimiento y asumo, como base de esta tesis, que el país tiene todas las condiciones para hacerlo. ¿Por qué? Porque Argentina es una nación “creativa por naturaleza”. Por esta misma razón, urge en todos los niveles de planificación estratégica del desarrollo (corto, mediano y largo) una orientación hacia la innovación y la gestión del conocimiento.

Quisiera a partir de esta publicación generar los interrogantes acerca de cuán eficiente es considerar al desarrollo como una cuestión meramente aritmética (de números, balances y cajas) y si es posible pensar en la capacidad del factor humano como el gran multiplicador (o reductor) en la cuestión del desarrollo.

Santiago Pellegrino – Buenos Aires 3 de marzo de 2014

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Santiago Pellegrino

Santiago Pellegrino

Lic. en Ciencias Políticas Profesor de Historia Argentina Opinión, Política e Innovación y Desarrollo
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