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La celebridad como fracaso

Esteban SeimandiPor Esteban Seimandi

La celebridad, que en cualquier otra disciplina es muchas veces un reconocimiento, en la tarea del falsificador resulta una muestra del fracaso. Hans Van Meegeren fue el falsificador de obras de arte más famoso del siglo veinte.

Luego de pensar esto por un tiempo, surge una sensación reconfortante, casi de revancha, al llegar a la conclusión de que deben existir falsificaciones perfectas, que no han sido descubiertas y pasan aún por originales en museos, galerías y colecciones privadas, venciendo al poder de los nombres famosos. La tarea del falsificador puede resultar conmovedora: un artista cuya única satisfacción es que su obra sea confundida con la de otro. Un talentoso pintor que sólo consigue tener éxito si nadie lo conoce. Por mucho tiempo, Van Meegeren tuvo ese éxito.

Nació en 1884, en Amsterdam y desde muy joven se dedicó a la pintura. Los críticos, pendientes de los movimientos modernos de principios de siglo, censuraron su clasicismo. Van Meegeren fue condenado al ostracismo de la genialidad mal comprendida o de la mediocridad bien entendida.

Por esa época, los especialistas habían descubierto a Vermeer, el pintor que iba a compartir con Rembrandt el trono de la pintura holandesa. Se especulaba que deberían haber más que las treinta y cinco escasas pinturas descubiertas. Vermeer había pasado varios años en Florencia y creían que necesariamente tendrían que existir obras de ese período.

Van Meegeren descubrió su oportunidad en la misteriosa etapa florentina de Vermeer. Durante varios años se dedicó a pintar y vender las supuestas obras perdidas. Se tomó el trabajo de comprar viejos óleos sin valor en Italia para pintar encima sus creaciones, ya que esto era una de las costumbres de Veermer que, además de pintor, había sido galerista.

Los especialistas y críticos que habían condenado sus pinturas calificaron a “El almuerzo de Emaús”, que Van Meegeren había pintado y que el museo Boyt había comprado como un auténtico Vermeer, como la obra maestra del pintor holandés. Visto con la perspectiva de la verdad que hoy conocemos, es muy fácil sonreír por la torpeza de los críticos, que cayeron en la trampa con una pintura bastante torpe. Se dice que la cara de Cristo fue copiada por Van Meegeren de una foto de Greta Garbo.

Van Meegeren ganó mucho dinero con la venta de estas obras. “El almuerzo de Emaús” fue comprado en casi ciento cincuenta mil dólares y llegó a vender otras obras por casi medio millón.

En mil novecientos treinta y nueve fue detenido al intentar sacar una de sus falsificaciones por la frontera. Holanda tiene leyes muy estrictas de protección del patrimonio cultural y el gobierno no iba a permitir que uno de los contados Vermeer se fueran del país. El escándalo fue aún mayor cuando salió a la luz el nombre del comprador, nada menos que el nazi Hermann Goëring.  Acorralado, Van Meegeren tuvo que confesar que no sólo ese cuadro no era un Vermeer auténtico, sino que todas las últimas obras descubiertas del maestro también eran obras suyas.

 El escándalo podía manchar a todos los estudiosos, los compradores y directores de museos de Holanda. Más le convenía a todos que Van Meegeren estuviera mintiendo o, al menos, que nunca dijera la verdad.

El falsificador pidió, como única defensa, materiales para pintar un Vermeer en su celda. El pedido se le fue concedido y pintó una obra que se ha perdido en alguna repartición judicial Holandesa.

Estudios más profundos sirvieron para probar que los cuadros eran falsos y fueron descolgados de las galerías y los museos. No eran copias de cuadros conocidos de Vermeer, sino obras originales inventadas por otra persona. Si eran de Veermer eran obras de arte, si eran de Van Meegeren, no.

Van Meegeren murió en la cárcel antes de que le dictaran sentencia. Intentaba pintar otro Vermeer.

Algunos críticos siguieron insistiendo, años después, que las obras de Van Meegeren no podían haber sido falsificaciones. Y es muy probable que tuvieran razón.

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