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HACIA UN NUEVO FIN DE CICLO ¿O DE ÉPOCA?

aldo abram

 

Un verdadero final de época requiere otra cosa. De que todos asumamos desde un primer momento nuestra responsabilidad cívica y lo hagamos cada día. Nuestro futuro y el de nuestra familia es demasiado importante para dejar que lo construyan otros.

 

Lo usual en la Argentina es que se hable de fin de ciclo cada vez que algún “modelo económico” entra en su fase terminal. Sin embargo, ahora, algunos se han ilusionado con un “fin de época”, que significa mucho más aún.

Cierto, están dadas las condiciones para un final de ciclo. Las tasas exorbitantes de aumento del gasto público han llevado a gastarse todas las “cajas” disponibles (ej. los aportes jubilatorios de los que aportaban a las AFJPs) y a exprimir a más no poder al Banco Central, quitándole solvencia. Esto nos ha metido en un cepo cambiario que, advertimos desde un inicio, no tendría buen final. No era difícil el pronóstico, en los últimos 70 años, hubo más de 20 programas con controles de cambios y todos terminaron mal o en una crisis. Sería bueno que alguien del gobierno nos explique porque seguimos perseverando. Puede que no conocieran de historia económica argentina; pero solamente bastaba con ver sus resultados actuales en Venezuela, para entender lo absurdo de dicha decisión.

La realidad es que se han generado tremendas distorsiones de precios que es imposible mantener sin una profundización de la recesión, un aumento de la inflación y sin correr el riesgo de una crisis cambiaria y bancaria. El cepo ha servido para que el dólar oficial no refleje todo lo que el gobierno está depreciando el peso para cobrarnos impuesto inflacionario y, así, financiar su despilfarro. Claro que todos los productores de bienes, cuyos precios dependen del tipo de cambio oficial, ven retrasarse los valores de lo que venden respecto a los costos que sí muestran la verdadera devaluación de la moneda local. Por ello, es que la recesión no empezó con el default selectivo, sino que luego de un proceso de desaceleración se instaló a fines de 2013, por el ahogo de los productores, al que se suma el daño a la construcción y al sector inmobiliario. Sin embargo, para el gobierno, significó el beneficio político de precios artificialmente más bajos. Lo malo es que la recesión se profundizará hasta que salgamos del cepo y se reconozca la realidad del valor del peso; lo que determinará un salto del tipo de cambio oficial de más de 50%. El problema es que todos los bienes que compramos en los supermercados, tiendas o farmacias cotizan al dólar oficial; por lo que será un duro golpe al bolsillo de los argentinos, particularmente de los más pobres.

Tampoco es sustentable el desquicio de subsidios generalizados a los servicios públicos, que van mayoritariamente a aquellos que pueden pagarlos. Son en gran parte responsable del fuerte incremento del gasto público y, también, de la desinversión en esos sectores. ¿Quién va a querer invertir si apenas gana plata (o, incluso, pierden) y su principal ingreso depende de la firma de un funcionario? Por lo tanto, va a significar un alto costo económico y social el tener que volver a hacernos cargo de lo que vale lo que usamos. Sin duda, esto debería ser gradual y, además, ayudar a quienes verdaderamente lo necesitan, que reciben no más de un 30% de los subsidios actuales. Esto no será indoloro para el resto que tendremos otros gastos para poder pagar lo que realmente cuestan los servicios públicos que utilizamos.

Por supuesto, como siempre, la devaluación licuará el gasto público y eso mejorará la solvencia fiscal. Por lo tanto, no habrá que exprimir tanto al Banco Central que, además, incrementará el valor de sus reservas en activo extranjeros respecto de sus abultados pasivos financieros en pesos, recuperando su solvencia.

Probablemente, esto genere alguna recuperación económica, mayor o menor según sea el contexto mundial; pero, parece lo más probable que esto sólo sea un nuevo inicio de ciclo. En la medida que la economía crezca, por el empuje por el gran potencial de nuestra economía y de todos los sectores que fueron castigados por el modelo K y que justamente son los más eficientes, los nuevos gobernantes volverán a embriagarse con las mieles del poder. Las tendencias populistas, de izquierda o derecha, según quién haya ganado, volverán a aparecer. Las ideas fundacionales y el objetivo de perpetuación en el poder harán crecer el intervencionismo y el gasto público a costa de mayor presión tributaria y/o endeudamiento y/o exprimir al Banco Central. Maximizar el poder significa, necesariamente, avanzar sobre los derechos de todos los demás, particularmente de los económicos; por lo que la seguridad jurídica estará nuevamente en jaque.

En un mundo en donde tu patrimonio o ingresos dependen de decisiones arbitrarias de funcionarios y/o hay normas incoherentes y/o una burocracia abultada e ineficiente, la corrupción seguirá reinando, con el “justificativo” de que es la única forma de “sobrevivir”. No es difícil proyectar cuál es el camino, de izquierda o derecha, según quién gane, por el que se llegará a una nueva frustración. Ya los transitamos todos y siempre llevan a más pobreza y decadencia.

Un verdadero final de época requiere otra cosa. De que todos asumamos desde un primer momento nuestra responsabilidad cívica y lo hagamos cada día. Nuestro futuro y el de nuestra familia es demasiado importante para dejar que lo construyan otros. Exige de una dirigencia intelectual, profesional y empresarial comprometida, que no se esconda para evitar que los señale el “dedo omnipotente y arbitrario del poder”, sino que lo enfrenten consciente de que es lo mejor para todos. Este gobierno ha demostrado que, cuando se maximiza el poder, el término “ir por todo” no deja afuera ni a los supuestos “amigos” o “cómplices”.

Los límites al poder deben ponerse desde un principio, sino luego se vuelve más difícil con la excusa de que ganaron “capacidad de daño”, consecuencia de nuestra omisión previa. No esperemos milagros, salir de la “época populista” demandará mucho tiempo y esfuerzo; pero, sobre todo, mucho compromiso y sacrificio, particularmente de todos los que, de alguna u otra forma, podemos hacer algo para lograrlo.

Por Aldo M. Abram.

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Aldo Abram

Aldo Abram

Director Ejecutivo de Libertad y Progreso. Master en Ciencias Económicas CEMA y Lic. en Economía. Director Ejecutivo del CIIMA (Centro de Investigación de Instituciones y Mercados de la Argentina) perteneciente al ESEADE. Profesor de la Maestría en Finanzas e Investigador Independiente de ESEADE.

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