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Fortalezas virtuales

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Por Eugenia Wehbe

Maquiavelo decía que algunos príncipes, para conservar con certeza el estado, desarmaban a sus súbditos, dividían territorios sometidos o se dedicaban a ganarse a quienes les resultaban sospechosos al comienzo de su reinado. Algunos otros, edificaban fortalezas.

En la Edad Media, proliferaron los castillos, un tipo de construcción defensiva, que servía de fortificación y residencia para que los señores feudales pudiesen mantener el control de sus posesiones en caso de una amenaza. Estas fortalezas estaban rodeadas por murallas, grandes líneas defensivas de piedra, cemento o ladrillo, hechas para proteger ciudades o asentamientos.

Aquí en Argentina no existen altas y largas murallas que funcionen como defensa, separándonos del exterior, ni grandes fortificaciones que nos aíslen para protegernos de un enemigo. Sin embargo existen fortalezas virtuales, con murallas que, sin ser una barrera física, aparecen rodeando a la figura presidencial, aislándola del exterior, de la gente.

Esta muralla pareciera dividir las decisiones de Estado por un lado y al pueblo por otro. Se genera una separación caracterizada por la presencia de un hermetismo que no le permite a la gente acceder a aquella información que, como pueblo, como ciudadanos, les facilite las herramientas necesarias para prever y actuar en consonancia, en lugar de pronosticar, predecir y suponer.

Al referirme al acceso a la información hablo de cuestiones que en cualquier otro país podrían considerarse como “asuntos de Estado”: la salud de un presidente, la definición del escenario político post electoral, los cambios en el gabinete de gobierno, el futuro de la economía, por mencionar algunos. Todas estas cuestiones atañen al interés popular, y hoy, por el hermetismo que caracteriza al actual gobierno, por culpa de la muralla que los separa del pueblo, la respuesta a todas estas cuestiones queda librada a una nueva emisión de la Cadena Nacional, única instancia considerada válida para obtener una respuesta a todos los interrogantes, o al menos alguna información que calme las ansias.

Los eventos no se producen con independencia de lo que las personas participantes hayan pensado o hecho. Éstos reflejan el impacto de las decisiones humanas. ¿Hubo entonces alguien que, en algún momento, decidió crear esta barrera? ¿Qué función cumple esta fortaleza virtual? ¿De qué o a quién protege esta muralla?

Alguien, en algún momento, concibió la idea de que el pueblo podría convertirse en enemigo, y bajo este supuesto, no hay más opción para el político que defenderse y protegerse del peligro detrás de los muros, o mejor dicho, dentro de ellos. Aquel que vio en la reclusión y el encierro, una forma de protección, no contempló que esta muralla virtual no permite que haya contacto y fluya la información entre el pueblo y sus gobernantes, tan necesarios en una República, en una democracia. El desconocimiento, la falta de información y comunicación, el aislamiento, generan incertidumbre, rumores, supuestos, pero sobre todo, miedos.

Aquel que tiene el poder o la decisión de actuar sobre esta fortaleza virtual que se ha creado alrededor de la institución presidencial, debería conocer los riesgos de la sobreprotección y las implicancias de mantener y continuar acentuando esta  separación entre las partes. Es necesario cortar con tanta división y comenzar a cultivar el contacto y la relación con la gente porque (y citaré una vez más al escritor y funcionario italiano) “la mejor fortaleza que existe consiste en no ser odiado por el pueblo porque, aunque tengas fortalezas, si el pueblo te odia, ellas no te salvarán”.

 

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