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Elites reales para los tiempos que vienen

sandra vinas

 

 

 

 

Por estos días tuve la oportunidad de releer el texto “Los que mandan” de José Luis De Imaz publicado en su primera edición en 1964 por Editorial Eudeba.

Considero oportuno destacar la trayectoria académica de su autor para dar cuenta de algún modo de su conocimiento sobre la fisonomía de las elites dirigentes de su época: políticos, empresarios, industriales y dignatarios eclesiásticos.

Dr. en Derecho y en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires y Licenciado en Ciencias Políticas de Rosario en 1954, por aquel entonces carrera de la Universidad Nacional del Litoral, inició sus primeras investigaciones sociológicas en el Consejo Nacional de Ciencia y Técnica junto a Gino Germani hasta 1966 y a partir de 1967 en la Universidad Católica Argentina. En 1978 asume la Dirección del Departamento de Sociología de la UCA y a los dos años siguientes la Dirección del Doctorado de Sociología UCA.

Es de mi interés, en esta breve reseña, manifestar que esta investigación es un claro modelo de sociología aplicada más que de teoría sociológica y de allí su utilidad. Entiendo que el reto más interesante en estas artes es lograr operacionalizar conceptos, palabras y definiciones.

En la lectura de la obra, el autor transita por diferentes etapas históricas. Personajes, lugares, biografías y breves relatos de quienes fueron protagonistas de una de las elites dirigentes con mayor influencia en nuestro país: Mitre, Roca, Pellegrini y Mansilla. Claro que esta elite era el corazón de la estructura de dominación en una “sociedad simple, poco evolucionada y de estructura nada compleja” en términos del autor.

Lograban ser una buena combinación de elite real y elite funcional. No solo entendían como mantener y producir relaciones de poder sino que además contaban con el know how de la conducción del Estado y su aparato burocrático.

Estos hombres de poder no solo detentaban las más altas posiciones sino que concertadamente conducían una comunidad y la dirigían en vista a determinados objetivos y fines.

Y esta última apreciación daría cuenta de los elementos que debe reunir una elite dirigente. Particularmente cuando esta elite se pone “al frente” de una comunidad ya sea bajo un acuerdo expreso o tácito para lograr determinados objetivos.

A medida que la estructura política incorporó cambios consentidos y legitimados por los miembros de la elite real y nuevos grupos sociales se incorporan a la estructura de dominación, la sociedad se complejiza.

La sociedad se “complica”,se diversifica y surgen nuevos actores “inexpertos” que pagan con un alto costo esa inexperiencia.

Este proceso se extiende más de lo necesario en términos de circulación de elite y llega hasta el siglo XX, lapso muy extenso y traumático de acuerdo al autor, que puede darnos algunas claves sociológicas para comprender algunas de las crisis de conducción que se presentaban al momento de publicarse el texto que analizamos y que sin aventurar una rápida conclusión podría afirmar que se mantiene en nuestros días.

El problema central radicaría en la profunda incomunicación de los miembros de la elite dirigente. Hay conversaciones entre dirigentes, entre hombres que ya cuentan con una opinión formada e inconmovible, pero no llegan a ser diálogos. Esto no permitiría que las elites sectoriales asuman el rol de “elites dirigentes” y ejerzan los atributos de organización y cohesión propios de una clase dirigente.

La etapa siguiente a esta elite viene dada por el surgimiento de las elites reconstructivas, cuyos líderes se “integran” en tanto puedan ver que necesitan de los otros líderes para regular la marcha de la comunidad.

Marchas y contramarchas. Procesos democráticos restringidos, gobiernos de facto, transiciones democráticas. Avances y retrocesos en diversos campos hacen que las elites existentes o en formación corran con la misma suerte. Causa y efecto serian en este caso, como las caras de una misma moneda.

En la Argentina de nuestros días, se observa como un proceso inconcluso. En ciertos aspectos podemos atribuir esta carencia a los problemas generacionales con una ausencia definida como la “base previa”. Esta base es la que genera el conocimiento sobre las cuestiones vinculadas a la conducción, la negociación, y las artes del gobierno.

Los integrantes de los diferentes grupos dirigentes no lograrían cohesión ni comunicación dada la carencia de densidad dinámica y su consecuencia es la división de una clase dominante incapacitada para gobernar al país, dejando un espacio vacante.

Este estudio sociológico sobre los grupos dirigenciales argentinos contribuye a entender la configuración y lograr un buen análisis del poder de los grupos existentes en una sociedad, su prestigio, origen social, educacional, status entre otros tópicos.

Para ir finalizando podemos sostener que un claro ejemplo de vacío generacional se puede observar en varios de los partidos políticos, al menos de los que hoy quedan en pie, con una clara excepción, por la ausencia de generaciones de recambio, tal como propone el autor.

Altos niveles de conducción asumidos por una generación que logre ponerse al frente de este desafío quizás podría ser el inicio de un recambio en la elite que permita un incipiente desarrollo sostenido, sustentable y equitativo.

No pretendo aplicar a los problemas de hoy las respuestas esgrimidas por el autor, como posibles soluciones, simplemente podría esbozar algunas líneas para la reflexión en el estado de la cuestión que desde mi punto de vista es un desafío clave: elites reales para los tiempos que se aproximan.

Por Sandra Viñas

Santa Fé, 7 de octubre de 2015.

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Ciencia Politica, Universidad Nacional del Litoral.
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