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Días como flechas

Analía Gonzalez

Corría el año 1926 y el maestro Leopoldo Marechal titulaba así a una obra entrañable, semejante a las más sublimes de su género. La genialidad del autor dejaba vislumbrar desde el inicio, la intensidad con la que impregnaría cada uno de los versos allí escritos; la misma que signaría su paso por este mundo.

La vida del poeta, igual que millones de vidas nacidas y criadas en estas latitudes, siempre supo de intensidades. Para bien o para mal, fatal o privilegiadamente, la Argentina es un país intenso.Nada de lo que en ella ocurre esmoderado, regular, suficiente como el curso de un río austero cuyas aguas se dejan ver inertes a la vera de un camino.Por el contrario, cualquier suceso por más natural que sea, de inmediato es convertido en trascendente, fundante o inaugural para los tiempos venideros.

Con prisa y sin pausa, a un ritmo sin molicie, desfilan ante la mirada escéptica de la mayoría de sus habitantes, los últimos capítulos de una saga nacional con final abierto.

El resultado de las elecciones legislativas del último domingo de octubre y sus consecuencias directas en la composición de ambas cámaras del congreso, se convirtió de inmediato en una anécdota de menor cuantía, poco relevante, cuando en torno suyo se han tejido versiones y supuestos de todo tipo,  ligados, fundamentalmente, a las futuras condiciones de gobernabilidad de un poder ejecutivo en busca de una sucesión desesperada y de un destino privilegiado en los pliegues eternos de la memoria popular.

Empachados de dramatismo político y carentes de racionalidad republicana, sin darle tiempo al tiempo, los argentinos nos disponíamos a dar vuelta la página, delineando los trazos gruesos de un porvenir cuyos rostros visibles se habían probado el traje  “presidencial” el mismo día de la compulsa electoral y con las primeras cifras del escrutinio apenas conocidas.

Sin embargo, esas ansiedades serían rápida y efectivamente calmadas.

Dos días después, el fallo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación declarando la constitucionalidad de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, nos trasladó nuevamente a aquella hoja cuya escritura creíamos haber interpretado de manera correcta.

La decisión judicial, esperada durante años por la sociedad en su conjunto, para clausurar un tiempo nefasto de concentración de la opinión publicada, se extendía ante nosotros no como la solución varias veces postergada a una problemática cierta, sino como un campo de batalla por el poder y sus circunstancias, que nos impulsa a ocupar y disparar desde trincheras opuestas, como soldados obedientes de un ejército regular que prueban y comprueban antes de cada combate, su deserción o su coraje.

El tiempo una vez más, tendrá la última palabra para cada incertidumbre y afortunadamente, hay un horizonte para cada desesperación.

Mientras tanto, la vorágine en el país de los argentinos parece no cesar nunca, avanzamos, retrocedemos, dudamos, interpelamos, respondemos, nos mareamos a menudo, antes de ponernos de pie. Demasiado vértigo para tan poca altura, demasiada intensidad gastada en la huida de las tragedias que cotidianamente azotan a nuestro pueblo y, finalmente, no lo dejan ser.

Así suelen transcurrir nuestras vidas, nuestros años, nuestros días…como flechas.

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