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De los escraches a los linchamientos

lorena carballo

 

 

Dos caras de la misma moneda

 

A un mes y medio del primer linchamiento en nuestro país (en Rosario), hablar sobre el tema parece redundante por todo lo que hemos escuchado y leído sobre el caso.

Pero me parece importante resaltar que esta nueva modalidad de “entendernos”  no es tan nueva. Creo que es más bien, el resultado de síntomas muy presentes y arraigados en nuestra sociedad. Tan arraigados y presentes que ya los hemos naturalizado, acostumbrándonos y asumiendo con cierta normalidad que “así somos los argentinos”, “así reaccionamos”.

Los síntomas fueron apareciendo aislados pero se fueron sumando y acumulando hasta que, finalmente un día (no sabemos cómo) llegamos a ese lugar prehistórico anterior a la existencia del Estado. Hasta que un día nos horrorizamos frente al televisor viendo las imágenes de los linchamientos, ese día es cuando pasamos el umbral de la anarquía y anomia en la que vivimos en muchos aspectos y nos adentramos en el salvajismo. Donde la vida del otro ya no importa, donde todo rasgo humano muere dando lugar a la mirada del otro como un enemigo a matar. Esto que el Gobierno con su “relato oficial” procuró construir y fomentar, finalmente hizo mecha en toda la sociedad.

Previo estuvieron los síntomas: enojo por la impunidad con que se mueven ciertos sectores, indignación por la justicia que no llega, bronca por la tesitura con que el Gobierno niega sistemáticamente la realidad social, política y económica en la que vivimos, el sueldo que no alcanza, el trabajo que no genera progreso, rabia por la corrupción que mata y mucho.

Así nos pasamos estos años, asistiendo anestesiados a todo evento promotor de violencia siendo cómplices -en muchos casos- pasivos. Porque las acciones hablan y entonces qué dicede un Gobierno, el escrache público que fomentó de ciertos periodistas, políticos y empresarios que opinan o representan intereses distintos? Acaso no vivimos en una democracia donde la pluralidad en todo sentido incluso de intereses es un dato, entre otros, con lo que hay que gobernar? Qué dice de una justicia que no investiga jueces corruptos, protegidos por el poder político y en cambio, sí condena –sin juicio previo- el accionar de otros que sólo desempeñan su función? Qué dice de una sociedad donde las costumbres como ceder el asiento, respetar al otro en una fila de supermercado o en una ruta, de a poco se han perdido? Qué dice de una sociedad que compra como modelo de éxito el “progreso fácil y rápido con plata fácil”  de dudosa procedencia? Qué dice una sociedad y su política de los Oyarbide, los Jaime, los De Vido,los Fariña, los Cristóbal López, los Rudy Ulloa, que en otras décadas fueron otros nombres pero que, en definitiva, siempre estuvieron?

Somos un cuerpo social enfermo. Estamos enojados por esta enfermedad pero al mismo tiempo no hacemos nada para combatirla. Estamos frustrados. Rabia, cansancio, ira, enojo. Nada bueno puede salir de allí.

Todo esto estuvo presente en cada linchamiento, la certeza de saberse desprotegido por un Estado ausente en sus funciones mínimas y básicas (salud, educación, seguridad), la desesperación porque las cosas no cambian, por sentir que nos roban el futuro en cada paso, por tener que cruzar los dedos o rezar para llegar vivos a destino, porque no nos maten un ser querido porque sabemos con certeza, nuevamente, que no habrá justicia para él. La certeza de la droga que penetro en toda la sociedad, que es un flagelo con el que convivimos hace mucho más de 10 años. La certeza de un Gobierno que lleva más de 10 años con una economía que supo crecer a tasas chinas pero que no supo, no quiso o no pudo desarrollar el país y, en cambio se dedicó a desmantelar el Estado que él mismo pudo recuperar, mezclándolo con el Gobierno, que no reconstruyó institucionalidad ni gobernabilidad ni previsibilidad. En suma, la certeza de lo feo.

Tenemos una tarea titánica por delante y nuevamente, como en 2001, estamos en un momento bisagra donde podemos elegir. Otra vez podemos elegir.  Me pregunto si llevamos la cuenta de la cantidad de veces que la historia nos ha dado oportunidades y la cantidad de veces que la hemos dejado pasar.

Ojalá hayamos aprendido algo esta vez, ojalá estas nuevas generaciones entiendan que necesitamos los trazos gruesos y no “escondernos” tras supuestas “distancias ideológicas” para evitar la compleja pero necesaria tarea de ponernos de acuerdo.

Por Lorena Carballo.

Buenos Aires, 3 de Mayo de 2014.

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María Lorena Carballo

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Lic. Ciencia Política (U.B.A.)
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