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Becquerel

eduardo abrevaya

 

 

 

 

 

Es una medida que utiliza la física para saber a que velocidad se está desintegrando un material radiactivo. El objetivo de la medición es saber cuántos elementos de un átomo se pierden por unidad de tiempo. Por  elemento de un átomo entendemos a su núcleo. ¿Es importante saber esto? Es importante porque de esta manera sabemos cuanta actividad radiactiva tiene una sustancia  indicándonos el peligro al que estamos expuestos en su cercanía.  En el plano social ¿Existe una unidad de medida que nos pueda dar una idea de cuántos elementos pierde un sistema político por día, por mes o por año? Por elementos podemos entender aquellas mujeres y aquellos hombres que son inherentes, esenciales, fundamentales para su constitución (que palabra!). No, lamentablemente, no existe un aparato que tenga tan nobles características. Hasta el momento el contador Geiger político que mida a qué velocidad se está desintegrando un sistema político es una utopía. Sin embargo sabemos que se desintegran. Lo percibimos a diario. Ignoramos la velocidad a la que lo hacen, pero lo hacen ¿Significa esto que estamos perdidos? ¿Qué no hay manera de poder controlar y corregir los errores que acarrea la desintegración del sistema?  Desde ya creo que no. A pesar de que unos de los beneficiados de la desintegración política en nuestro país puso su CBU en lugar del corazón, no todo está perdido. Podemos tener esperanzas. Brasil es un ejemplo de esto último. Es un ejemplo de la buena esperanza. De la esperanza sanadora y correctora. El pueblo brasileño está en alerta y en las calles. Como el doc., Brasil está vivo. Le pueden mentir. Lo pueden engañar. Pero hoy Brasil está en las calles reclamando el juicio político de la presidente Dilma R. Y la cosa está acelerando. Y como acelera me viene a la memoria el ‘magnifico’ Collor de Mello. El muchacho rico. Aquel que decían que nunca había trabajado. Un oligarca que terminó destituido muy rápido. Y las izquierdas brasileñas se relamieron. Gozaron y lograron instalar la idea (avalada y seguida por el Papa hoy) de que el rico por ser rico es un pecador. El rico no importa como haya hecho dinero es un malandra. Como premisa fundacional de todo esto afirmaban que ser de derecha o liberal era funcional al robo. Y así quedó demostrado. Ser de derecha o liberal quedó en la historia del Brasil como sinónimo de clepto. Han pasado algunos años. Una generación entera. ¿Y entonces? Que no hace mucho dejó la presidencia del Brasil un hombre que hizo del trabajo y la humildad ‘su’ bandera política. El ‘hijo’ del trabajador finalmente logró ser presidente del país. Toda una alegoría. Una perfecta síntesis histórica. Bosa nova para todos y todas. Pero -siempre hay un pero- llegó Petrobras y con ésta vinieron cientos de miles de millones de dólares y con los dólares la tentación del diablo. Y con la tentación que trajo el dinero entonces sucedió lo que no podía suceder porque la teoría (avalada y también seguida por el Papa hoy) dice que el pobre por ser pobre es bueno y también es honesto. Pero pasó que se empezaron a descubrir algunas ‘cosas’. Y no eran buenas. Y el hijo del trabajador empezó a ser seriamente cuestionado así como también su hija política, esa que él llama ‘querida’. Y entonces la querida presidente ahora está en la cuerda floja. Porque las ‘cosas’ que salieron a la luz –como dije- son algo feas. Decide entonces la presidente lanzar su bola curva incorporando al gobierno a su padre político  -al hijo del trabajador-, a su debilitado gobierno. Quiere la fortaleza de Lula, espera así con esta medida salvarse de su destino sudamericano. Dilma entonces llama por teléfono al hijo del trabajador para avisarle que le manda el ‘papel’ pero no tiene en cuenta -deben ser los nervios, esos grandes traidores que todos llevamos adentro- que el juez los escucha. ¡Que metido el juez! como se va a poner a escuchar a la Presidente y al ex Presidente. ¡Habrase visto! ¡Ya no hay vergüenza! Y el juez escucha lo que nunca debió ser pronunciado. Lo que nunca hay que decir por teléfono. Por más que seas presidente. Ella le ofrece a él, el ‘papel’ por si lo buscan. ¡Es una escena de Costa Pobre protagonizada por los dos máximos exponentes políticos de uno de los países más importantes del planeta! ¡El bendito contador, ese que aún no existe estallaría en mil pedazos! Y así Dilma con su torpeza terminó de pintar su destino de Collor. Y Brasil está vivo. Porque el pueblo está en la calle. El pueblo. usted., yo, su hermano, su hijo, su vecino, están en las calles. El pueblo. El que produce la riqueza del Brasil. Y están indignados. Y tienen razón. Y qué buen ejemplo que son. Cuántos dolores de cabeza nos hubiéramos evitado de haberles prestado atención. Por ahora sólo miramos su extenso litoral y sus maravillosas playas. Su clima y su carnaval. Algún día miraremos y aprenderemos como el Brasil saca a los presidentes y a LAS presidentEs malandras. A los corruptos y corruptas que se llevan todo y arrasan con todo. Y también a no juzgar a la gente por su dinero. Porque nadie es bueno porque no lo tenga, ni malo porque lo tenga. Algún día será que sabremos hacer como ellos los brasileños. Salir a la calle, echar a los indeseables. Y meterlos presos.

Por Eduardo Abrevaya

Buenos Aires, 18 de marzo de 2016.

 

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Eduardo Abrevaya

Abogado, Computador Científico. Especialista en Derecho de la alta tecnología. Docente Universidad Siglo XXI
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