DONDE TU OPINIÓN VALE

Close Icon
   
    

Atentados en París y Nigeria

victor-lapegna1

 

 

“Fundamentalistas y relativistas coinciden en negar al “otro” y así retroalimentan un ciclo de exclusiones que llega al crimen..”

Transcurridos ya quince años del tercer milenio cristiano, las culturas vigentes en muchos países del mundo, en algunos casos desde el fundamentalismo religioso y en otros desde un relativismo secularista, tienden a excluir al “otro” y a rechazar el mandamiento de Jesús:”ámense unos a otros, como yo los amé”.

En esas culturas se extienden conductas de exclusión del otro que van desde la indiferencia y el desinterés hasta el odio y la violencia (que en no pocos casos llega al asesinato), a partir de cosmovisiones que más allá de sus diferencias, en los hechos comparten el rechazo al esencial mandato cristiano del amor fraterno.

Como señaló el papa Francisco en su mensaje del 12 de enero al cuerpo diplomático acreditado en la Santa Sede: “Una cultura que rechaza al otro, que destruye los vínculos más íntimos y auténticos, acaba por deshacer y disgregar toda la sociedad y generar violencia y muerte. Lo podemos comprobar lamentablemente en numerosos acontecimientos diarios, entre los cuales la trágica masacre que ha tenido lugar en París estos últimos días. Los otros «ya no se ven como seres de la misma dignidad, como hermanos y hermanas en la humanidad, sino como objetos» (Mensaje para la XLVIII Jornada Mundial de la Paz, 8 diciembre 2014, 4). Y el ser humano libre se convierte en esclavo, ya sea de las modas, del poder, del dinero, incluso a veces de formas tergiversadas de religión”.

Los execrables crímenes terroristas perpetrados por cierto fundamentalismo islámico – cuyas últimas expresiones fueron el ataque al semanario parisino Charlie Hebdo y la bomba detonada por una niña suicida de 10 años en un mercado de Nigeria – son las muestras más recientes y brutales de esas culturas exclusionistas y de las cosmovisiones distorsionadas en las que se sustentan, no deberían llevar a inculpar a todos los fieles del Islam.

A propósito de ello vale citar al Sheij Feisal Morhell, Secretario General de la Federación Argentina de Entidades Islámicas Yafaritas (FIYAR) y Director del Instituto de Cultura y Ciencias Islámicas (ICCI) quien, en un reciente reportaje, recordaba que “el Sagrado Corán dice ´No hay compulsión en cuanto a religión´, por lo tanto nunca un musulmán puede llegar a maltratar a otra persona por su confesión”. Agregaba que “en el Islam nosotros aceptamos lo que se llama pluralismo de convivencia y este pluralismo de convivencia –tal vez no de legitimidad de la religión, pero sí de convivencia- lo encontramos en las palabras de los grandes sabios”.

Nos parece que esa distinción es importante, no sólo por ser verdadera sino también porque es eficaz dado que, para avanzar en la lucha contra los minoritarios grupos terroristas del fundamentalismo islámico, una de las condiciones necesarias es la adhesión a esa lucha de los cientos de millones de musulmanes pacíficos del mundo, no pocos de ellos víctimas de los afiliados al partido de la muerte. Un ejemplo simbólico de ello es el de Ahmed Merabat, guardia de seguridad francés y musulmán que fue primero herido y luego muerto a sangre fría por uno de los atacantes, cuando cumplía la misión de proteger a la revista Charlie Hebdo, pese a que en esa publicación se agraviaba de modo soez a su fe.

Menos brutales pero no por eso menos graves que los atentados terroristas, son los padecimientos que esas culturas imponen a aquellos a los que privan de su inherente dignidad humana al negarse a reconocer, respetar y valorar sus propias pautas culturales y excluirlos del acceso al trabajo, a la vivienda, a la educación, a la salud y al ejercicio pleno de sus derechos políticos, que se verifican en países musulmanes como Arabia Saudita o Sudán – por mencionar sólo dos ejemplos – pero también en países occidentales que, aunque quieran negarlo, son herederos del cristianismo.

A esas realidades también se refirió el papa Francisco en el discurso precitado: “Junto a los inmigrantes, a los desplazados y a los refugiados, hay también tantos «exiliados ocultos» (Angelus, 29 diciembre 2013), que viven en el seno de nuestras casas y en nuestras mismas familias. Me refiero a los ancianos y a los discapacitados, y también a los jóvenes. Los primeros son rechazados cuando se convierten en un peso y en «presencias que estorban» (ibid.), mientras que los últimos son descartados porque se les niega la posibilidad de trabajar para forjarse su propio futuro. No existe peor pobreza que aquella que priva del trabajo y de la dignidad del trabajo (cf. Discurso a los participantes en el Encuentro mundial de Movimientos Populares, 28 octubre 2014), y que convierte el trabajo en una forma de esclavitud. Ya me referí a esto en un reciente encuentro con los Movimientos populares, que están fuertemente comprometidos en la búsqueda de soluciones adecuadas a algunos problemas de nuestro tiempo, como la plaga cada vez más extendida del desempleo juvenil y del trabajo negro, y el drama de tantos trabajadores, especialmente niños, explotados por codicia. Todo esto es contrario a la dignidad humana y es fruto de una mentalidad que pone en el centro el dinero, los beneficios y los intereses económicos en detrimento del hombre. No pocas veces, la misma familia es objeto de descarte, a causa de una cada vez más extendida cultura individualista y egoísta que anula los vínculos y tiende a favorecer el dramático fenómeno de la disminución de la natalidad, así como de leyes que privilegian diversas formas de convivencia en lugar de sostener adecuadamente a la familia por el bien de toda la sociedad

El Santo Padre aludió también ahí a las raíces de esos fenómenos al señalar que “una de las causas de estos fenómenos es esa globalización uniformante que descarta incluso a las culturas, acabando así con los factores propios de la identidad de cada pueblo que constituyen la herencia imprescindible para un sano desarrollo social. En un mundo uniformado y carente de identidad, es fácil percibir el drama y la frustración de tantas personas, que han perdido literalmente el sentido de la vida. Este drama se ve agravado por la persistente crisis económica, que provoca desconfianza y favorece la conflictividad social”.

Por lo demás, el relativismo que llevó a muchos dirigentes europeos a renegar de las innegables raíces cristianas de su cultura y a postular un laicismo extremo que pretende excluir a la religión del ámbito público, traba la posibilidad de esos países para integrar en armonía a sus sociedades a una inmigración creciente, que llevó a que algunos llamen al viejo continente “Eurabia”.

Antes bien, las nociones de supuesta superioridad europea con las que ayer se quisieron fundamentar las conquistas coloniales de Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, Bélgica u Holanda en América, Asia y África; están presentes hoy, aunque con nuevas ropas y maquillajes, en muchas de las actitudes que adoptan las élites de los países europeos frente a los inmigrantes y a sus hijos quienes, aunque no terminen de aceptarlo, son sus compatriotas.

Algunos asumen posturas xenófobas y excluyentes que obtienen altos respaldos en el electorado, como es el caso del Frente Nacional lepeniano que en las últimas elecciones cosechó el voto del 25 por ciento de los electores franceses. A esa formación política podría caberle lo que decía Charles Peguy: “el nacionalismo es al patriotismo lo que la superstición a la religión”. Sin mengua de nuestras discrepancias con sus posturas, cabe reconocerles el mérito de la sinceridad ya que ellos dicen lo que piensan, en tanto otros dirigentes políticos franceses hacen mucho de lo que los lepenistas dicen, aunque quieran encubrir sus actos con la hipocresía de sus dichos. Por fin, no parece un signo de tolerancia “voltairiana” la actitud adoptada por la izquierda y el presidente socialdemócrata, Francois Hollande, que se negaron a invitar a participar de la marcha de repudio al atentado terrorista de Paría al Frente Nacional, pese a que en las últimas elecciones fueron los más votados (o tal vez por eso).

Los argentinos tenemos cierta autoridad en este tema dada la enorme cantidad de inmigrantes que llegaron a estas tierras, sobre todo en las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX (y no sólo procedentes de Europa), cuya plena integración con los criollos que ya vivían aquí dieron nacimiento al pueblo que somos hoy, producto de la fusión armónica y pacífica que se dio en el encuentro amoroso entre los que llegaban de afuera y los que ya estaban aquí.

No obstante, cabe reconocer que anidan hoy entre nosotros algunos “huevos de serpiente” que son íncubos de conductas de indiferencia y rechazo al otro, conducentes a la exclusión y contrarias a nuestra tradición inclusiva.

Esas conductas son adoptadas por muchos compatriotas, en gran parte hijos y nietos de inmigrantes y beneficiarios del ciclo de ascenso social que se dio entre 1945 y 1975, que estigmatizan a los paraguayos, bolivianos, peruanos o colombianos que componen la nueva inmigración a la Argentina, así como a los “villeros” o los “cartoneros” y adoptan hacia ellos un injustificado e injustificable desprecio, atribuyéndoles culpas que no tienen.

De tal modo, la actitud discriminatoria de los xenófobos de ayer que pretendían excluir a los “tanos”, los “gallegos”, los “turcos” o los “rusos” que vinieron a hacerse la América e hicieron la Argentina, se reproduce hoy respecto de quienes llegaron aquí de otras naciones latinoamericanas o de los pobres y excluidos.

Aunque suene excesivo, creemos que la indiferencia, el miedo y en los casos extremos el odio que se traslucen en esas actitudes procede de la misma matriz en la que se alimenta la furia homicida de los terroristas de todo signo.

De ahí que en todo el mundo y también aquí sea preciso construir caminos hacia encuentros que conduzcan a atender el llamado del Santo Padre cuando nos dice que “es necesario un cambio de actitud: pasar de la indiferencia y del miedo a una sincera aceptación del otro”.

Por Victor E. Lapegna

Buenos Aires, 13 de enero de 2015

image_pdf
The following two tabs change content below.

Victor Eduardo Lapegna

Militante Peronista, empresario, docente y analista de política y economía.

COMENTARIO CERRADO.