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Arde el Colón

eduardo abrevaya

 

 

 

 

La policía fue fácilmente rebasada; solo cincuenta, mal entrenados y peor motivados tras escuálidas contenciones no pudieron hacer nada. Heridos y dispersos por la plaza Lavalle huyen sin apoyo hacia cualquier lado. Muy cerca otras hordas amenazan al Palacio; la balanza se inclina. Los primeros focos de fuego asoman por las ventanas de Viamonte y la intuición le dice al ocasional testigo que las llamas pronto serán imbatibles; los insurgentes entran enloquecidos y destruyen todo a su paso. En Berni va ganando la ceniza y deformadas sombras chinescas comienzan a falsear la obra. No hay sirenas de bomberos, no hay ambulancias para los heridos y las pocas que llegan asisten a los locos desbocados que se intoxican con el humo de su propia guerra. Todo es descontrol. Butacas quemadas son arrojadas por los grandes ventanales y las lenguas de fuego se alimentan de la pana de los cortinados y devoran el alma de la lírica. Hay risas y carcajadas por doquier ¡Quemen! ¡Quemen! ¡Quemen! no debe quedar nada. El espectáculo es brutal. No hay refugio ni hay salvación. Han tomado la sastrería y antes de quemarla en una burla grotesca se pasean vestidos con finos tules y trajes de ballet. Deambula una morocha María Callas por Tucumán. Ha caído el telón final para el teatro emblema de la oligarquía. La casa de ‘gobierno’ es el otro botín de guerra ¡Hay que quemarla también! Por los túneles del metro siguen llegando decenas que sortean los precarios retenes ¡Viva la revolución del pueblo que está en pie se escucha por los cuatro puntos cardinales! Noticias de zonas alejadas informan de Countries saqueados. Se habla de decenas de muertos y de que mujeres y niños rehenes. Las autopistas están bloqueadas por movimientos sociales que reclaman comida, pan y trabajo, algunos vehículos son incendiados, otros asaltados; las redes sociales informan que los propios vecinos levantan barricadas en el oeste y también en el sur. El terror invade la ciudad y la periferia, muchos han salido a la calle a bloquear el acceso desde el Norte; la gente se junta en las esquinas sin saber qué hacer ni a quien pedir ayuda; se habla de guerra pero nadie sabe entre quienes. Hay histeria y hay llanto. El 911 está bloqueado, los celulares no funcionan. El presidente con voz monótona dice en un improvisado estudio: la violencia nunca conduce a nada; no quiere reprimir, piensa que puede ser enjuiciado. De repente la Catedral es atacada, los pocos que intentan contener son furiosamente apaleados y arrastrados hacia la plaza del oxidado monumento. Los restos de San Martín son arrojados en la fuente y orinados; enarbolan banderas rojas con estrellas rodeando a la Pirámide de Mayo que es arrancada y demolida a piquetazos. Las llamas también toman los bancos y el altar es finalmente destrozado. La policía no actúa. Hay orden de replegarse. La memoria les dice que no deben meterse. Empiezan a sonar las alarmas ahora de los Bancos. Nadie interviene. Los periodistas que hablaban de justicia por mano propia empiezan a improvisar un sobre actuado y tardío giro intelectual; ahora temen; sin embargo algunos mentecatos todavía siguen aconsejando entregar todo antes de defenderse; los fiscales declaman que es ilegítimo recuperar lo propio cuando ya se fue desposeído; tienen otro Código Penal; alguien dice que uno fue herido para robarle el auto en Longchamps, que el ladrón murió, justicia por mano propia, el fiscal es detenido, nunca fui garantista grita cuando lo están metiendo esposado en el patrullero; las redes sociales comienzan a entrecortarse; no hay energía en los principales servidores de internet; todo es caótico. El Papa lanza una lejana bendición y pide rezar por los revoltosos. Desde los barcos que llegan al puerto se ve la ciudad iluminada por el fuego ¿Cómo no nos dimos cuenta antes piensa un argentino en Miami cuando saca su tarjeta para pagar el IPhone? Ahora, ya tarde, se disipan la noche y la batalla deforme; hay viento y hay cenizas en el viento, vencen los bárbaros, la minoría vence. La victoria otra vez es de los otros.

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Eduardo Abrevaya

Eduardo Abrevaya

Abogado, Computador Científico. Especialista en Derecho de la alta tecnología. Docente Universidad Siglo XXI
Eduardo Abrevaya

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