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Aportes a un pacto estratégico para la Argentina del siglo XXI

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“..somos apenas 40 millones de habitantes en un país dotado de posibilidades para elaborar bienes y servicios que podrían satisfacer las necesidades de muchos cientos de millones de consumidores y fue nuestra propia incapacidad la que condujo a que, hasta ahora, no hayamos sido capaces de tornar a esas posibilidades en realidades concretas..”

Prontos a entrar en el último de los doce años que abarcaron los tres períodos sucesivos de presidencias kirchneristas, los argentinos padecemos un cuadro de “estanflación” – estancamiento e inflación simultáneos y combinados – contrastante con el crecimiento con estabilidad que se registró en la primera parte de este ciclo de gobiernos, lo que ocasiona severos efectos deletéreos sobre la calidad de vida popular y reitera el efecto go and stop (avances y retrocesos) que se verificó en nuestra situación económica, social y política de modo recurrente durante décadas.

Una de las causas esenciales de esos corsi e ricorsi de nuestra economía y de sus consecuencias sociales es que las políticas de los sucesivos gobiernos democráticos que nos venimos dando desde 1983 hasta ahora, por encima de las diferencias que hubo entre ellos, no llegaron a convertir a nuestras enormes ventajas comparativas en ventajas competitivas y entre otras cosas que no se hicieron destaca la ausencia de un plan estratégico consensuado, conducente a realizar esa transformación mediante la organización del trabajo, la inversión y la innovación para construir un desarrollo sustentable, integrador e integral.

Tenemos así que somos apenas 40 millones de habitantes en un país dotado de posibilidades para elaborar bienes y servicios que podrían satisfacer las necesidades de muchos cientos de millones de consumidores y fue nuestra propia incapacidad la que condujo a que, hasta ahora, no hayamos sido capaces de tornar a esas posibilidades en realidades concretas.

Sin desplegar un juicio de valor acerca de aciertos y errores de aquellos a quienes elegimos para conducir al Estado argentino en las últimas tres décadas, es un hecho evidente que los gobiernos democráticos que presidieron Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando De la Rúa, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, fueron incapaces de generar las condiciones para que una gama cada vez más diversificada y valiosa de productos del trabajo argentino puedan ser vendidos en magnitudes crecientes y sostenidas en los diversos mercados del mundo.

Por lo expuesto, la crítica situación actual, además del ocaso del kirchnerismo, expresa el agotamiento del modelo de desarrollo que con diversas variables se mantuvo desde mediados de la década de 1930 hasta hoy y ya dio de sí todo lo que podía dar.

De ahí que veamos positivo pero insuficiente el hecho que quienes resulten electos en 2015 vayan a gobernar a través del diálogo y la búsqueda de acuerdos entre los diversos sectores e intereses políticos, sociales y económicos que componemos una comunidad plural y compleja como la nuestra y dejen de lado el ejercicio del poder soberbio, autoritario y solipsista del gobierno saliente.

Es también una perspectiva plausible que los nuevos mandatarios pasen a aplicar políticas sensatas que permitan reducir la inflación, el déficit público y el desajuste de la paridad cambiaria y asi restauren equilibrios macroeconómicos básicos hoy ausentes que, combinados con una apertura al mundo que revierta el aislamiento y los múltiples litigios que signan nuestras actuales relaciones exteriores, permita recuperar el crecimiento económico y mejorar el clima social.

Pero vale recordar que eso ya sucedió en las presidencias de Menem (sobre todo a partir de la convertibilidad de 1991) y en las de Duhalde/Néstor Kirchner (con Roberto Lavagna, entre 2002 y 2007) y las mejorías económicas y sociales respecto de las duras situaciones previas (hiperinflación de 1989 y crisis de 2001), que se alcanzaron en cada caso con fórmulas diferentes, concluyeron en nuevas frustraciones, entre otras causas, porque consistieron más en ajustes del modelo preexistente que el cambio de su esencia.

Habida cuenta de esas recientes experiencias y de la fortaleza estructural de la Argentina, puede que el próximo gobierno pueda restaurar indicadores económico-sociales positivos por algún tiempo merced a un ajuste de las variables macroeconómicas (políticas fiscal, monetaria, de ingresos, de inversión, etc.) realizado conforme a las reglas del arte.

Pero también es probable que, más temprano o más tarde, recaigamos en una nueva frustración si ese ajuste no es acompañado por una transformación estructural, firme y explícita de nuestra agotada matriz productiva, tendiente a que el crecimiento económico no se agote en sí mismo, sino que sea una de las condiciones necesarias para construir un ciclo largo de desarrollo sustentable en el tiempo y con el espacio, integrador en lo social y territorial e integral por abarcar a toda la persona y a todas las personas.

Apogeo, decadencia y caída de la matriz a cambiar

El núcleo de las políticas públicas que se mantuvieron entre nosotros con cambios sólo formales desde 1935 hasta ahora, comenzaron a ser aplicadas por Franklin D. Roosevelt – quien presidió los Estados Unidos durante tres períodos entre 1932 y 1945 – cuando puso en marcha su programa de gobierno denominado New Deal, con el que enfrentó las severas consecuencias de la gran crisis mundial de 1929/30 y cuyas líneas troncales se mantuvieron en las presidencias de Harry Truman, el general Dwight Eisenhower, John Kennedy, Lyndon Johnson y Richard Nixon, bien que con las diferencias propias de cada caso.

Esas orientaciones y el liderazgo que ejerció Roosevelt en Estados Unidos se replicaron en los países de América Latina, en particular en los más grandes de la región (México, Brasil y Argentina), que adaptaron esa estrategia a su propia realidad y buscaron superar los efectos de la Gran Crisis con un trípode de políticas de gobierno que incluían el logro de mejoras de la situación social mediante la construcción de modelos específicos de Estado de Bienestar y el crecimiento y modernización de las economías con la intervención económica activa del Estado con políticas proteccionistas y la Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI).

En México se aplicaron esas políticas durante la presidencia del general Lázaro Cárdenas (1934-1940) y las de sus sucesores en el Palacio Nacional, hasta 1999 surgidos todos del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

En Brasil el mayor impulso a ese trípode se produjo en las presidencias civiles de Getulio Vargas (1930-1945 y 1951-1954), Juscelino Kubitschek (1956-1961), Fernando Henrique Cardozo (1995-2003), Luis Inazio Lula Da Silva (2003-2010) y Dilma Roussef (2011 a hoy) y también en la presidencia militar del general Ernesto Geisel (1974-1979).

En la Argentina esos tres ejes de gobierno fueron llevados adelante durante las presidencias civiles de Juan Domingo Perón (1945-1955 y 1973-1974), Arturo Frondizi (1958-1962), Arturo Illia (1963-1966) y las militares de los generales Juan Carlos Onganía, Roberto Levingston y Alejandro Lanusse (1966-1973).

Entre 1935 y 1975 y de resultas de las políticas públicas basadas en esos tres ejes comunes – que adoptaron formas diferentes al ser adaptados a cada caso y circunstancia – los líderes y dirigentes de esos tres países latinoamericanos promovieron en ellos una neta movilidad social ascendente y un apreciable crecimiento y modernización de sus economías.

En la Argentina el mayor impulso al ascenso social de sectores siempre postergados, sustentado en el crecimiento y la modernización económica, se logró en las dos primeras presidencias del general Perón (1946-1952 y 1952-1955), durante las cuales se dio un salto cualitativo en la construcción de un Estado de Bienestar, la intervención activa y el proteccionismo del Estado y la Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) en la economía.

Corresponde precisar que estas políticas, destinadas a responder a la Gran Crisis de 1930, habían comenzado a ser instrumentadas en la presidencia del general Agustín P. Justo (1932-1938), sobre todo a instancias de su ministro de Hacienda, Federico Pinedo.

Por su parte, los gobiernos civiles y militares que se sucedieron desde el golpe de Estado de 1955 que cortó en la mitad de su término al democrático y constitucional segundo mandato presidencial del peronismo, a la vez que negaron los derechos políticos a Perón y a los peronistas que eran la mayoría ciudadana, mantuvieron los ejes de las políticas públicas que habían aplicado los gobiernos justicialistas entre 1946 y 1955: Estado de Bienestar, intervención activa y proteccionismo del Estado e Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI).

Cierto es que en los 18 años de proscripción del peronismo la continuidad esencial de los tres ejes de esa matriz distaron de alcanzar los resultados sociales y económicos que se registraron en la primera década de gobiernos justicialistas y que entre 1955 y 1973 la situación económica y social de la Argentina recorrió una pendiente descendente.

Aunque existen indicadores cuantitativos que confirman el aserto precedente, los resultados de las elecciones presidenciales de 1973 ofrecen la prueba más contundente de que en la percepción de la mayoría de los argentinos su calidad de vida había sido mucho mejor en los diez años de los dos primeros gobiernos peronistas que en los 18 que los sucedieron, ya que en los comicios de marzo de ese año triunfó Héctor Cámpora (el candidato de Perón) con casi el 50% de los votos y en setiembre Juan Perón fue electo para su tercer mandato presidencial con el 62% de los sufragios.

Sin embargo, los contextos externo e interno que signaron la tercera Presidencia de Perón hacían inviable que, con las políticas basadas en el Estado de Bienestar, la Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) y la intervención activa y el proteccionismo del Estado que se aplicaron entre 1946 y 1955, se pudieran volver a alcanzar los resultados de entonces.

No obstante esa restricción estructural, compartimos los análisis que señalan que en 1975 esas políticas lograron su éxito final y que desde entonces la Argentina inició una constante caída hacia la decadencia que, con ascensos y descensos, llega hasta hoy.

Uno de esos análisis lo hace el economista argentino Eugenio Díaz Bonilla, ex director del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y hoy investigador en el International Food Policy Institute (IFPI) de Washington, quien estima que si la Argentina hubiera seguido creciendo como lo hizo hasta 1975, hoy tendría un ingreso per cápita cercano al de Nueva Zelanda o España. Para Díaz Bonilla, la declinación argentina tiene una fecha muy concreta de inicio: “comenzó con la fractura de la sociedad luego de la muerte de Perón en 1974” y aunque el país volvió a crecer en la décadas de 1990 y en la que comenzó en 2002/2003, ambos ciclos se frenaron.

La inviabilidad de que las políticas implementadas en sus dos primeras presidencias obtuvieran en la tercera resultados similares, era un dato que el mismo Perón parecía haber asumido, por caso cuando señalaba que se debía modificar la estrategia de industrialización por sustitución de importaciones que él mismo había impulsado con tanta fuerza en sus dos primeros mandatos, según se verifica en una de sus respuestas al reportaje televisivo que el 3 de setiembre de 1973, 20 días antes de su tercera elección presidencial, le hicieran Roberto Maidana, Jacobo Timerman y Sergio Villarruel y a la que aquí transcribimos.

Somos un país mucho más rico que lo que algunos suponen. Ya en 1910 Poincaré decía que el nuestro es un país tan rico que supera lo que hacen los gobiernos para hundirlo. No hay que olvidarse que aquí está la gran reserva de un mundo que se está quedando sin alimentos y sin materias primas por el derroche que ha hecho en su expansión tecnológica (…) Cuando nosotros quisimos desarrollarnos, el mundo estaba infra-capitalizado porque había quemado sus capitales en la guerra. Hoy sobran los capitales. En el mundo actual ha comenzado la guerra por las proteínas. Todo el mundo ha comenzado a plantar soya y se busca criar ganado en Argelia, en Medio Oriente, en África y no hay caso. Las fuentes de proteínas están en nuestros países, en toda América del Sur. Esa inmensa reserva, que son los pobres de ahora, son los ricos del futuro. En este país yo he sido industrialista. Fui el que puso en marcha la industrialización. La industria liviana, mediana y la tentativa de llegar a la industria pesada a través de la materia prima. Puse en marcha eso. Para eso sofrené un poco la agricultura y la ganadería. Pero era un mundo distinto al que ahora tengo. Ahora creo que hay que producir 200 millones de toneladas de trigo al año. Y tenemos que llegar a planteles de 150 millones de vacas. Y tenemos tierras para hacerlo”.

Lo propio puede decirse acerca de las correcciones necesarias que debían hacerse a las políticas de proteccionismo del mercado interno, en cuanto Perón postulaba la necesidad de ajustarnos al proceso de integración continental y universal que advertía que estaba en curso, conceptos con los que anticipaba la actual globalización. Así quedó reflejado en el que sería su último mensaje presidencial a la Asamblea Legislativa, el 1 de mayo de 1974, del que creemos útil citar los siguientes párrafos.

“Se percibe ya con firmeza que la sociedad mundial se orienta hacia un universalismo que, a pocas décadas del presente, nos puede conducir a formas integradas, tanto en el orden económico como en el político. (…) En lo económico hemos de producir según las necesidades del pueblo y de la Nación teniendo también en cuenta las necesidades de nuestros hermanos de Latinoamérica y del mundo en su conjunto. Y, a partir de un sistema económico que hoy produce según el beneficio, hemos de armonizar ambos elementos para preservar recursos, lograr una real justicia distributiva, y mantener siempre viva la llama de la creatividad”.

En cuanto al Estado de Justicia Social que existió entre 1946 y 1955 (versión original y a nuestro ver superadora del Estado de Bienestar), su sustento principal fue la existencia de pleno empleo con salarios dignos (en esa década, con el 40% del más bajo salario de convenio quien lo percibía podía comprar la comida que necesitaba su familia en un mes), que eran posibles por la expansión económica en un marco de inflación moderada y fueron los principales instrumentos de una distribución del ingreso que permitía la movilidad social ascendente. El complemento que extendía la acción solidaria para atender las necesidades de quienes no accedían al trabajo asalariado fue la Fundación Eva Perón, organización no estatal que nunca utilizó fondos públicos.

De ahí que pueda decirse que los apotegmas de Perón según los cuales “gobernar es crear trabajo” y que se debían crear condiciones para que “cada uno produzca al menos lo que consume”, eran los pilares que en sus tres Presidencias tuvo su política de distribución de una riqueza que, antes de ser repartida, debía ser generada, con lo que el Estado de Justicia Social que estableció estaba lejos de la degradación del llamado Estado de Bienestar, que pasó a estar basado en un mero asistencialismo clientelista.

Entendemos que en sus últimos años Perón asumía la necesidad de superar las políticas de gobierno basadas en el Estado de Bienestar, la intervención estatal en economías cerradas y la industrialización por sustitución de importaciones, debido a su concepción de la historia según la cual “hay una evolución que nosotros percibimos cuando emerge y que no depende de nuestra voluntad. No es el hombre el que hace evolucionar a la humanidad, sino un sinnúmero de determinismos y fatalismos históricos. Nosotros solo podemos construir un sistema periférico para cabalgar en esa evolución”.

Desde esa perspectiva, el líder justicialista tuvo la perspicacia de percibir que en 1973 el sentido de la evolución anunciaba un cambio de época que dejaba atrás a la era de la sociedad industrial de Estados nacionales y daba paso a la de la sociedad del conocimiento y la globalización, proceso estructural iniciado a mediados de la década de 1970, continuado en la de 1980, acelerado en la de 1990 y que tiende a consolidarse en lo que va del siglo XXI.

Uno de los signos iniciales del advenimiento de ese cambio de época, que Perón tuvo la posibilidad de verificar en 1973, fue la fenomenal transferencia de capitales dada por el aumento del precio del petróleo, que generó la gigantesca masa de capital de los llamados “petrodólares”.

Vale recordar que, desde inicios del siglo XX a 1973, el precio del petróleo crudo medido en valores corrientes no superó los u$s 2 por barril. En 1974 ese precio aumentó a u$s 12, subió a u$s 35 en 1980, bajó a u$s 24 en 1990, llegó a u$s 29 en 2000 y a partir de entonces tuvo un aumento constante que lo elevó a u$s 54 en 2005, u$s 65 en 2006, u$s 72 en 2007, u$s 97 en 2008 y a comienzos de este año el precio se situaba en unos u$s 100, aunque en el inicio del segundo semestre había bajado a u$s 82.

Los integrantes de la OPEP (Organización de Países Exportadores) obtuvieron una alta proporción de esa cuantiosa cantidad de “petrodólares” y reciclaron la mayor parte de esos fondos a través de instituciones del sistema bancario de Estados Unidos y Europa Occidental.

A su vez esas entidades destinaron una gran proporción de los petrodólares a financiar la multiplicación exponencial de innovaciones científicas y tecnológicas en todas las áreas del conocimiento – sobre todo en la información, las comunicaciones y la biotecnología – que, comenzando por Estados Unidos y el resto de los países industrializados, pasaron a ser aplicadas al sistema económico mundial y modificaron de raíz los bienes y servicios producidos, el modo de producirlos y los niveles de productividad y competitividad de las economías. Se dio así la paradoja de que buena parte del dinero generado por el petróleo se aplicara a financiar el fenomenal desarrollo de industrias que no dependen de los hidrocarburos como la informática, la electrónica o la biotecnología, que tienden a ser hoy el núcleo dinámico de la economía mundial.

Por lo demás, la extensa e intensa aplicación de esa revolución científica y tecnológica al sistema productivo y sus efectos en términos de superar las barreras de tiempo y espacio a la circulación de ideas, información, personas y bienes; incidieron no poco en el abrupto colapso y desaparición de la Unión Soviética y el ingreso en el proceso de integración planetaria al que se dio en llamar globalización.

La nueva sociedad del conocimiento y la globalización

En la nueva era de la sociedad del conocimiento y la globalización en la que hemos ingresado, las claves esenciales de la acumulación económica pasaron a ser la calidad y cantidad de las vinculaciones de cada país con el resto del mundo (expresadas, sobre todo, en su comercio exterior compuesto de exportaciones e importaciones de bienes y servicios y en la magnitud de las inversiones y créditos externos que atrajeran) y la aptitud innovadora que posibilita un fuerte aumento de la productividad de los factores.

La nueva realidad dada por la globalización tiende a hacer insostenible la continuidad de políticas de fuerte proteccionismo que tienden a cerrar los mercados y restringe la capacidad y potencia de los Estados nacionales para ejercer un intervencionismo económico excesivo, que tiende a ahogar la capacidad para desplegar la destrucción creativa de los actores que concurren a los mercados.

Un signo inequívoco de ello es el desarrollo económico de la República Popular China en las últimas décadas, que a partir del impulso de Deng Hsiao Ping y sus continuadores dejó de lado el aislamiento que había mantenido por largo tiempo, se abrió al mundo y reformó el estatismo económico absoluto para adoptar las reglas propias de la economía de mercado o economía libre, sin por ello abandonar la centralidad del Estado en la fijación de las reglas de juego.

Uno de los resultados de su capacidad de adaptación al proceso evolutivo, es que la economía de China haya pasado a ser la mayor del mundo, desplazando de ese lugar de privilegio a Estados Unidos, según lo indica un reciente informe del Fondo Monetario Internacional (FMI) que da cuenta que la economía china pasó a representar el 16,46% del Producto Bruto Interno (PBI) mundial medido en Paridad de Poder Adquisitivo (PPP, según sus siglas en inglés), mientras que la estadounidense equivale al 16,27%.

Ese estudio del FMI añade que la diferencia entre ambos gigantes seguirá ampliándose en los próximos años y según sus proyecciones, “en 2019 la economía de China será 20% más grande que la de los EE.UU.”. Vale aclarar que el PBI nominal de Estados Unidos – que mide la producción de bienes y servicios de un país a precios de mercado durante un año – sigue siendo casi un tercio más grande que el de China y que el PBI per cápita estadounidense es tres veces mayor al de los chinos.

La evolución de China fue similar en otras de las llamadas economías emergentes del Asia-Pacífico (India, Corea del Sur, Singapur, Malasia, Indonesia, etc.), de África (Sudáfrica es el ejemplo más destacado) y de América Latina (el ejemplo más destacado, aunque no el único, es Brasil, que en la última década se convirtió en la séptima economía mundial, con un PBI superior a los dos billones de dólares), que reemplazaron a las economías industrializadas (Estados Unidos, Europa Occidental y Japón) en el rol de motores dinámicos de la economía globalizada.

Uno de los síntomas de ese nuevo papel de las economías emergentes es su creciente relevancia en los asuntos mundiales, entre cuyas expresiones destaca la presencia en la arena internacional del grupo BRICS, sigla que alude a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, que son los países que lo integran.

Tiene especial significación para la Argentina el caso de Brasil, cuyo PBI tuvo una expansión anual que llegó al 7%, aunque ahora cayó a un crecimiento vegetativo de alrededor del 1% anual. Hace un cuarto de siglo que Brasil mantiene la misma matriz de política económica, asentada sobre tres vigas: dólar flotante, superávit fiscal y meta inflacionaria. Pero debe tenerse en cuenta que la tasa de productividad media de Brasil es diez veces menor que la de China, lo que hace que los productos industriales brasileños tienden a ser muy caros en un mundo muy competitivo y que entre las causas de los niveles insatisfactorios de competitividad y productividad brasileños hay que computar el grado de proteccionismo de su economía y la antigüedad media de su parque industrial (17 años), mucho más viejo que el Estados Unidos (2 a 4 años), el de Corea (4 o 5 años) o el de Alemania (6 o 7 años), por citar tres ejemplos.

El gran incremento del número de trabajadores y de la población general que en las últimas décadas en todo el mundo y sobre todo en los países del Asia-Pacifico se trasladó del campo a las ciudades, combinado con las crecientes necesidades de importación de materias primas que demandó el impetuoso crecimiento de China, India y otras economías emergentes, impulsaron un aumento exponencial de la demanda de materias primas y el consecuente aumento de los precios internacionales de esas commodities, lo que benefició a los países que las exportan (insumos alimenticios en general y en especial soja y sus derivados en Brasil y Argentina, cobre y pescado en Chile, estaño en Bolivia, etc.) y marcó el ocaso de la denominada teoría del deterioro de los términos de intercambio.

Uno de los principales expositores de esa teoría fue el economista argentino Raúl Prebisch, quien estuvo entre los principales colaboradores de Pinedo en 1935 y fue “pope” de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) de las Naciones Unidas durante las décadas de 1960 a 1980.

En síntesis, el deterioro de los términos de intercambio implicaba que el precio internacional relativo de los bienes industrializados tendía a crecer más y con mayor celeridad que el de las materias primas, por lo cual para comprar a aquellos cada vez se requería de una mayor cantidad de éstas.

Ese proceso, que derivaba en crisis recurrentes del sector externo de los países exportadores de materias primas e importadores de bienes industriales, fue uno de los fundamentos para la adopción de las políticas de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI), sustentó las críticas a la “primarización” de la economía a la que supuestamente conducía un impulso excesivo a la producción de bienes como los agrícola-ganaderos y llevó a justificar que el Estado se apropiase de una alta porción de los excedentes generados por la producción y venta de materias primas para destinarlos a financiar y/o subsidiar el desarrollo de actividades industriales protegidas (textil, indumentaria, siderurgia, metalmecánica, petroquímica, artefactos domésticos, electrónica, etc.) que en general operaban con baja productividad y escasa competitividad.

Pero las nuevas realidades económicas de la actual sociedad del conocimiento y la globalización, hicieron que el deterioro de los términos de intercambio se revirtiera, según puede verificarse al comparar el aumento que registraron en los últimos años los precios internacionales de las commodities respecto de los de los bienes industriales más dinámicos (computadoras y otros gadgets informáticos o electrónicos) e incluso los de los más tradicionales (telas, ropas, maquinarias, etc.).

Lo que tenemos y los que nos falta

El 1° de mayo de 1973, en el que fue su último mensaje presidencial a la Asamblea Legislativa, el general Perón planteó la necesidad de elaborar, consensuar y comenzar a realizar un nuevo modelo de desarrollo argentino, adaptado al cambio de época que ya entonces marcaba la evolución.

Su sabia, humilde y generosa convocatoria a diseñar, debatir, acordar y poner en marcha un modelo argentino de proyecto nacional no fue atendida por propios y ajenos y hoy, 40 años después, sigue siendo la principal tarea incumplida de los argentinos.

2016, año del Bicentenario de nuestra Independencia en el que tendremos nuevos gobernantes elegidos por el voto popular, es una ocasión que debería ser propicia para empezar a cumplir con esa asignatura pendiente.

Con este texto quisimos hacer un modesto aporte a esa labor al proponer pasar desde la Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) y las barreras proteccionistas del mercado interno que venimos manteniendo desde 1935, a la Industrialización por Aumento de Exportaciones Diferenciadas (IAED) capaces de abrirse camino en todos los diversos mercados del mundo globalizado, lo que implica también abrirnos a ellos ya que el comercio internacional es siempre una ruta de ida y vuelta.

Entre las condiciones necesarias para que los más diversos bienes y servicios surgidos de nuestro trabajo sean vendidos en el resto del mundo está que resulten útiles o deseables para sus potenciales compradores, que los conozcan y les lleguen en adecuadas condiciones de calidad, precio y cantidad, tanto por sí mismos como respecto de otras ofertas, ya que básicamente eso es ser competitivos.

Debe destacarse que ya existen en la Argentina emprendimientos que reunieron esas condiciones y supieron alcanzar niveles de productividad y competitividad que les permiten vender al mundo lo que producen aquí.

Desde la década de 1990, uno de los ejemplos de esa aptitud fue el de los empresarios pequeños, medianos y grandes del sector agroindustrial de la Argentina, quienes percibieron los incentivos y las oportunidades les abría el inicio de una onda larga estructural de aumento de la demanda y los precios internacionales para sus producciones. Desde esa percepción, supieron aprovechar en plenitud las ventajas comparativas que significan las condiciones eco-fisiológicas (suelos, clima, agua, etc.) de nuestro territorio y sobre ellas pusieron en marcha una eficiente organización de las inversiones, la innovación tecnológica y el trabajo en todos los eslabones de las cadenas de valor agroindustriales, entre las que destaca la de la soja.

Ese proceso condujo a que los excedentes obtenidos por esas cadenas en los últimos años hayan sido una de las fuentes principales de ingresos de recursos a nuestra economía y del alto volumen del gasto público, financiado en buena medida por la porción de los ingresos generados por las cadenas agroindustriales que retiene para sí el gobierno nacional.

Entre los ejemplos de altos niveles de eficiencia y productividad que dotan a nuestra agroindustria de rangos de competitividad internacionales, pueden citarse a Arcor, empresa cordobesa que llegó a situarse en el primer nivel del mercado global de golosinas; a las empresas tucumanas dedicadas al negocio del limón o a los elaboradores y vendedores en el exterior de algunos de nuestros vinos.

A propósito de este asunto, vale introducir un comentario acerca de la noción instalada en diversos ámbitos del pensamiento argentino, que afirma que las industrias son las actividades productivas de ciertos rubros (textil, indumentaria, siderometalúrgica, electrónica, petroquímica, automóviles, maquinarias y herramientas, etc.) y ellas son “progresistas” y modernas. En contraste, consideran que la producción agraria no es una actividad industrial, es “reaccionaria”, atrasada y su estímulo y expansión conduce a una indeseable “primarización” de la economía.

Creemos que esa noción, a la que la evolución de la realidad se encargó de desmentir, es una de las expresiones del peso del relativismo racionalista en la cultura moderna, ya que el hombre tiene la posibilidad de ejercer un control casi total sobre los procesos de producción industrial no biológica, lo que le está vedado en los procesos de producción industrial biológica, en los cuales hay una incidencia en los resultados de elementos que están fuera del control humano y sólo dependen de Dios.

Además, ese falaz industrialismo es tributario de la influencia del marxismo en la cultura local, ya que el pensador alemán que fundó el “socialismo científico” y sus seguidores (entre los que destacan el ruso Lenin y el georgiano Stalin) señalaba que la industria “clásica” alumbró al proletariado, clase “progresista” llamada a construir el futuro y que la producción agroalimentaria tiene como actor principal al campesinado, clase “reaccionaria” y atada a conservar el pasado.

En las ciencias sociales (economía, politología y sociología) estas hipótesis llevaron a construir teorías que la realidad se ocupó de refutar.

En la Unión Soviética entre 1920 y 1940, esa concepción fue uno de los fundamentos principales de la “industrialización forzosa” que incluyó el asesinato de millones de campesinos y frustró las posibilidades productivas de las fértiles praderas del sudoeste de Rusia y de las “tierras negras” de Ucrania, sumiéndolas en una crisis aún irresuelta.

En nuestro país, una de las más crudas y recientes expresiones de los efectos de esta concepción fue la Resolución 125 de la presidente Cristina Fernández de Kirchner y su ministro de Economía, Martín Lousteau, el rechazo a la cual condujo a la rebelión de la Argentina interior del 2008.

Lo que sucede en la realidad, contra lo que sostienen los epígonos de esta concepción, es que la actividad industrial es la producción repetitiva de bienes destinados al consumo de los mercados, con correcciones de los desvíos en su elaboración y da lo mismo que lo que así se haga sean tornillos o frutillas.

De ahí que, al considerar el valor generado por la industria productiva de nuestros bienes transables de origen agropecuario, además de los precios internacionales de esos bienes, deba medirse la organización del trabajo, del conocimiento y de la inversión que, en términos del valor agregado, contienen esos productos y que es lo que permite elaborarlos en condiciones de competitividad.

En relación a la magnitud del empleo generado por la agroindustria y a su valor agregado relativo, pueden tener cierta pertinencia las críticas que subrayan la fuerte concentración y la sustitución de mano de obra por tecnología que se registra en el sector y que lleva a que dirigentes de la Federación Agraria Argentina aludan a la gestación de “un campo sin campesinos”.

Sin embargo, corresponde matizar esas observaciones acerca del nivel del empleo en estas cadenas con la ponderación de los alcances que tiene la matriz insumo-producto de los bienes elaborados por ellas en toda su densidad y extensión.

Por caso, si es cierto que puede haber una baja densidad de empleo en la producción de soja en sí misma, no es menos cierto que en el proceso que incluye la investigación y desarrollo de las semillas, la siembra, el cultivo, la cosecha, el transporte, el procesamiento y la comercialización de esa oleaginosa participan en forma directa e indirecta una gran cantidad de trabajadores de diversos rubros, cuyas intervenciones en ese ciclo implican sucesivos agregados de valor.

De ahí que estimemos imprescindible que quienes se hagan cargo del gobierno el próximo año adopten políticas y programas para incentivar, promover y consolidar los logros que los empresarios agroindustriales alcanzaron en estos años, aún debiendo afrontar las trabas que pusieron a esas realizaciones las pésimas políticas y medidas gubernamentales, que tendían y tienden a obstruirlas.

Pero también entendemos que lo hecho aquí hasta ahora en materia de agroindustria, siendo como es muy valioso, sólo representa una parte de las posibilidades de nuestro país en ese terreno.

Realidad y perspectivas de la agroindustria

Para mencionar un primer ejemplo, como se indica en un reciente artículo de nuestro compañero y amigo Jorge Castro en el suplemento rural de Clarín, la Argentina tiene amplias posibilidades de desarrollo de las industrias celulósica y de la madera si se tiene en cuenta que la velocidad de crecimiento de las plantaciones del Litoral argentino (Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Delta, etc.) es la primera del mundo, por encima de la chilena y uruguaya y nuestros bosques cubren 33 millones de hectáreas.

En 1988 Uruguay tenía 31.000 hectáreas de tierras forestadas, en 1998 esa superficie abarcaba 84.000 hectáreas y en 2013 trepó a 900.000 y como afirma Castro, ese notable desarrollo forestal uruguayo, con sus industrias asociadas, adelanta lo que puede suceder en la Argentina.

En otro orden, los argentinos tenemos importantes ventajas comparativas para producir y procesar carnes (vacunas, aviares, porcinas, ovinas y de pescados) y lácteos con los cuales atender la demanda de proteínas de calidad de parte de los mercados internacionales que ya los consumen y de los que comienzan a sustituir con ellas parte de su habitual ingesta de cereales, así como para producir hortalizas, frutas y verduras que, además de ser apreciadas y valiosas por sí mismas, son excelentes y habituales complementos de carnes y lácteos.

En esa perspectiva existen posibilidades para poder llegar a acceder a diversos mercados del mundo con preparaciones culinarias diferenciadas basadas en nuestras carnes, lácteos, hortalizas, frutas y verduras, en condiciones de calidad, cantidad y precio que las hagan atractivas a consumidores distantes y así poder superar la menguada escala de nuestro mercado interno para consumir las magnitudes que debería alcanzar la oferta.

Para concretar esas posibilidades es preciso crear y mantener en el tiempo condiciones esenciales que permitan ir de lo potencial a lo real, algunas de las cuales quisimos dejar aquí enunciadas.

  1. Elaborar, acordar e ir poniendo en marcha un plan nacional de corto, mediano y largo plazo, que haga explícitos los objetivos a alcanzar en este aspecto de la industria agroalimentaria y los medios y plazos para ir alcanzando esos objetivos.
  2. Establecer incentivos y certidumbres para quienes hagan las inversiones necesarias y para quienes conduzcan los emprendimientos que hagan el desarrollo de la producción de los insumos de carnes, lácteos, hortalizas, frutas y verduras y los que los procesen, conserven, envasen, distribuyan y vendan.

  1. Facilitar el acceso de los emprendedores a los servicios científicos y tecnológicos que necesiten en cada uno de los eslabones que componen el ciclo de negocios de estas cadenas, lo que incluye las investigaciones de mercados y el desarrollo comercial de diversos mercados externos, que permita disponer de ofertas ajustadas a las demandas.

Para apreciar las implicancias que podría llegar a tener en la vida de todos los argentinos la realización de esta propuesta, queremos traer el caso de las grandes cadenas internacionales de comida elaborada, cuya oferta central se compone de hamburguesas (carne), papas fritas (hortaliza) y pan (trigo), tres componentes que en la Argentina se pueden producir en cantidad y calidad pese a lo cual nuestro país no participa en este negocio mundial.

McDonalds, que construyó el modelo emblemático de provisión masiva de carne al industrializar el servicio de dar de comer, vende cada día en el mundo 65 millones de raciones compuestas por carne, pan y papas fritas por las que factura unos 280 millones de dólares diarios y en América Latina, a través de la franquicia de McDonalds en la región que es “Arcos Dorados”, provee 4 millones de raciones diarias. Esto implica que cada año a nivel global esa empresa factura unos 100 mil millones de dólares, con el manejo de unos 2 millones de toneladas anuales de carne.

En 2013 el total de las exportaciones argentinas de carnes vacunas enfriadas, congeladas y procesadas alcanzaron un volumen de unas 135 mil toneladas por un valor de poco más de mil millones de dólares. Esto implica que las ventas de carnes bovinas argentinas al mundo alcanza un volumen quince veces menor al de la carne que maneja McDonalds en un año y una facturación que es aproximadamente cien veces inferior a la de esa empresa.

Podemos imaginar una posibilidad que explica esa diferencia y muestra el modo con el que los argentinos podríamos lograr con nuestras carnes un mucho mejor resultado.

Supongamos que con las alrededor de 30 mil toneladas de carne bovina de los cortes más nobles de la producción nacional que componen la exportación de la llamada cuota Hilton y tienen un precio internacional de unos 15 mil dólares la tonelada, elaborásemos 150 millones de medallones de lomo asado, condimentados con pimienta negra, mostaza y su propio jugo y acompañáramos esa preparación cárnica con 150 millones de porciones de papa a la crema con 200g de papa y 150g de una salsa cremosa con ingredientes.

El costo en insumos primarios de cada una de esas porciones de carne con papas sería de unos 3,5 dólares y servidos en restaurantes que los ofrecieran como plato terminado, su precio no bajaría de los 15 a 22 dólares. Además, esto implica que con la exportación de toda la cuota Hilton como carne enfriada se facturarían unos 450 millones de dólares y vendiéndola como platos de lomo a la pimienta con papas a la crema la facturación de ese mismo volumen de carne llegaría a no menos de 3 mil millones de dólares. La diferencia entre uno y otro caso implica un salto de valor de alrededor del 600 por ciento.

Ese gran diferencial entre el precio final (valor) de los insumos que lo componen y el de un plato de lomo a la pimienta con papas a la crema servido con afecto a un comensal que lo compre, es similar al que existe entre el precio (valor) de un automóvil de alta gama respecto de los materiales que lo componen y es el resultado de la organización del conocimiento, en la más amplia connotación del término.

Incluye a la organización del conocimiento diestro y hábil del trabajador culinario que logra estructurar el plato con una palatatividad, sabor y presentación gratificantes para el consumidor. A la organización del conocimiento del empresario que asume la inversión de riesgo para realizar todos los ensayos, errores y correcciones necesarios hasta acertar con la propuesta y el entorno más apropiado. Abarca la organización del conocimiento científico y tecnológico necesario para permitir que el consumo diferido y a distancia mantenga las cualidades originales de ese plato de comida y asegure las exigencias que hacen a conservación de la calidad y el afianzamiento de la bioseguridad. Por último, pero no por eso menos importante, requiere de la organización del conocimiento necesario para lograr vender y hacer llegar en forma adecuada esa oferta a quienes integran demandas de mercados distantes.

Nuestro país dispone de todos esos conocimientos, pero no están organizados y alineados en pos de objetivos como el aquí expuesto y el ejemplo aquí dado respecto de la carne bovina puede extenderse a otras carnes, a lácteos, frutas, hortalizas y verduras con la perspectiva de que lleguemos a ser, no sólo en el granero y el supermercado del mundo, sino un importante delivery de comidas argentinas para el mundo.

Minería, hidrocarburos y algunas otras cosas más

En la última década otra fuente importante de generación de recursos fue la industria minera, sobre todo a partir de la legislación que en la década de 1990 abrió camino a inversores que comenzaron a aprovechar los recursos mineros de nuestro territorio, que hasta entonces permanecían inexplotados y las actividades extractivas llevadas a cabo permitieron obtener minerales cuya demanda y precio internacionales, en los últimos años, registraron el ciclo de evolución creciente al que ya hicimos referencia a propósito de las commodities alimentarias.

Creemos que, al igual que en la agroindustria, el próximo gobierno debería incentivar, promover y consolidar los logros que los empresarios mineros alcanzaron en estos años, así como ajustar las normas de regulación y control de eventuales daños contaminantes de la actividad minera y garantizar su efectiva aplicación con criterios que equilibren condiciones propicias al desarrollo de esa actividad productiva con la preservación de una calidad ambiental propicia a la vida humana.

Pero en esta actividad creemos que debe prestarse una especial atención a las posibilidades que ofrecen nuestras reservas de litio que, junto con las de Chile y sobre todo de Bolivia, representan el 85% de las existentes en el mundo.

Ha de tenerse en cuenta que el litio es la materia prima con la que se alimentan las baterías de los motores eléctricos y que, conforme a estimaciones confiables, en la próxima década al menos un 20 por ciento del parque automotriz mundial (lo que equivale a unos 400 millones de vehículos) será impulsado por motores eléctricos o híbridos (incluyen un motor eléctrico y otro tradicional de combustión interna).

Dada la magnitud de las reservas de litio de los yacimientos de Bolivia, Chile y la Argentina, parece plausible que los tres países establezcan acuerdos que usen como carta de negociaciones con las multinacionales de la industria automotriz, en la perspectiva de que en esta región se construyan parte de los motores eléctricos e híbridos e incluso de los vehículos dotados con ellos que vayan a incorporarse al parque automotriz.

Nuestros recursos de litio también podrían usarse en procura de que se produzcan aquí partes componentes de diversos productos electrónicos (por caso, teléfonos celulares y computadoras portátiles) que usan baterías de ion-litio, que hoy sólo ensamblamos con insumos todos importados en un régimen equivalente al de la maquila.

En cuanto a la situación energética general y en particular los hidrocarburos, compartimos los diagnósticos y propuestas del Grupo de Ex Secretarios del área que nos eximimos de reproducir y cuya página web remitimos a los lectores interesados.

Diremos sí que una política sensata de exploración y explotación de nuestros yacimientos convencionales de petróleo y gas y la realización de las perspectivas en materia de shale gas y shale oil implícitas en yacimientos como el de Vaca Muerta, harían plausible el obvio objetivo de recuperar el autoabastecimiento de petróleo y gas que la pésima política energética de la última década nos hizo perder e incluso llegar a volúmenes de producción que nos permitan exportar parte de esos recursos.

Sin embargo conviene no perder de vista el hecho que las inversiones que se necesitan para aprovechar Vaca Muerta se estima que suman unos 150 mil millones de dólares y que, sólo en nuestro continente, nuestro país debe competir con México y Colombia y que ambos países ofrecen hoy más atractivos que nosotros para obtener esas inversiones, que sólo pueden venir del exterior.

Por fin, queremos subrayar que el plan estratégico en materia energética que es necesario elaborar y aplicar deberá prestar especial atención a la modificación de nuestras pautas de consumo basadas hoy en quemar gas y petróleo y hacer de ellos un uso más racional y eficiente al aprovecharlos como insumos de bienes industrializados de mayor valor relativo, a través de la petroquímica.

Existen otros grupos empresarios argentinos que tienen netas aptitudes de competitividad internacional entre los que destacan, por citar dos casos evidentes, la siderúrgica Techint y varias fábricas de maquinaria agrícola.

Cabe agregar el caso de la empresa INVAP Sociedad del Estado, resultado de los avances que logró nuestro país en el uso pacífico de la energía nuclear, que constituye un modelo de eficiencia y competitividad a sostener, expandir y replicar en los negocio de base científico-tecnológica.

Otra actividad que concentra gran parte de su producción en mercados externos – en especial Brasil y México – es la de las terminales extranjeras de la industria automotriz, que ensamblan aquí sus vehículos con altos componentes de insumos importados.

La objeción que algunos hacen a la proporción que tienen esos insumos importados en el producto final y al hecho que desplazaron a muchas autopartistas locales, debería tener en cuenta que esa característica es la que adoptan industrias terminales de diversos rubros en todo el mundo, que aprovechan los cambios tecnológicos propios de la globalización para desplegar una tercerización deslocalizada que redunda en reducción de costos y aumentos de la eficiencia, la productividad y la competitividad. Se trata, en consecuencia, de una tendencia irreversible de la evolución que, en el mejor de los casos, sólo admite algunos ajustes de detalle.

En todo caso, lo mejor que podría hacerse en este rubro pareciera ser comenzar a negociar con algunas de las terminales multinacionales con presencia en nuestro país la perspectiva de ensamblar aquí vehículos con motor eléctrico y/o híbrido, a partir de la ya mencionada fortaleza que implican las reservas argentino-boliviano-chilenas de litio.

Como ya se mencionó, lo antedicho aplica también a las “industrias” electrónicas locales (por caso, las de teléfonos celulares y computadoras portátiles) que usan baterías de ion-litio y hoy no pasan de ser maquilas limitadas a ensamblar esos productos con insumos todos importados y envasarlos.

Sin que esto implique un listado completo de las actividades productivas en las que nuestro país puede alcanzar rangos adecuados de competitividad, terminamos mencionado a diversas industrias culturales para las cuales disponemos de valiosos recursos de capital humano que pueden llevarnos a ser actores importantes en productos de esa industria realizados en español.

Aunque es obvio que realizar estas posibilidades demanda contar con inversiones de gran porte, creemos que un nuevo gobierno que restablezca en ciertos niveles básicos la hoy ausente confianza internacional en la Argentina puede crear las condiciones para que empecemos a aprovechar la disponibilidad de fondos y las bajas tasas de interés que existen hoy en el mundo.

En la medida en que se vaya consolidando la confiabilidad y las oportunidades de negocios que ofrezca nuestro país a los que inviertan en él, es de esperar que se sumen al crédito y la inversión externa los cientos de miles de millones de dólares de ahorros de argentinos que hace años están colocados fuera del circuito productivo de nuestra economía (sea atesorado en dólares o invertido en cuentas o títulos en el exterior).

La lucha contra la pobreza y el nuevo modelo nacional

A nuestro ver el principal desafío del presente para todos los argentinos es combatir la pobreza y la indigencia en que están sumidos millones de familiar y de personas y el eje central para incluir a esos hermanos excluidos es posibilitarles el acceso a puestos de trabajo en blanco y productivos, remunerados con salarios dignos y una vía esencial para que esas personas recuperen la perdida cultura del trabajo es promover su educación y capacitación.

Dado que alcanzar ese objetivo en plenitud va a demandar años, en tanto se avanza en ese camino corresponde seguir atendiendo las situaciones de emergencia mediante subsidios no clientelares, por ejemplo la Asignación Universal por Hijo que puede ser mejorada.

A ello debe añadirse la priorización de la inversión pública para llevar a cabo cinco acciones claves que propone Abel Albino de la Fundación Conin y que son las siguientes:

  1. Estimular y alimentar al cerebro del niño adecuadamente en el primer año de vida y mejor aún, en el embarazo y primer año.

Entre todos debemos lograr que ese niño pueda desplegar su potencial genético, para tener igualdad de oportunidades. Debemos procurar que cada niño tenga una escuela donde ir, un agente sanitario que lo asista y una dieta equilibrada que le posibilite un desarrollo físico y mental adecuado.

  1. Educar ese cerebro.

La educación es una semilla maravillosa, pero como toda semilla, necesita un sustrato donde sembrarse y el sustrato ideal para sembrar educación es un cerebro intacto, estimulado y alimentado adecuadamente.

Debemos rescatar la opinión de quien fue el primer ministro de Salud de la República Argentina, el prestigioso médico de Santiago del Estero, Dr. Ramón Carrillo quien decía: “los hongos, los virus y las bacterias como causas de enfermedad son pobres causas, comparadas con el daño tremendo que causa la falta de saneamiento ambiental”.

  1. Agua corriente y caliente.

Si el Estado impulsara como política social, no solo la provisión de agua potable sino también de agua caliente, modernizaríamos la consigna bajo la cual tuvo notable éxito el Imperio Romano: carreteras, agua y derecho. El agua caliente está estrechamente relacionada con la higiene: es fácil ser limpio cuando uno tiene todas las comodidades, distinto es cuando se carece de estos elementos que también constituyen derechos humanos.

  1. Luz eléctrica.

La luz es como la vista, no hay derecho que una persona quede ciega después de las 6 de la tarde, decía Sarmiento. Cuando uno permanece dentro de un rancho nota que no tienen ventanas, pues de esa manera se protegen del frío y al no haber ventanas, tampoco hay luz al atardecer. Tampoco mesas donde los chicos pueden hacer sus deberes.

Queremos reiterar que para hacer realidad un correcto ajuste de la macroeconomía y el simultáneo cambio estructural de la matriz existente para avanzar hacia un desarrollo sustentable, integrador e integral, se requiere diseñar y poner en marcha un plan estratégico que sea una hoja de ruta consensuada en forma explícita por la amplia mayoría de los sectores políticos y sociales y en la que estén precisados los puntos de partida, los objetivos a alcanzar y los caminos a recorrer (modelo argentino de proyecto nacional) de una densa y amplia agenda de tareas pendientes, entre las que destacan las siguientes:

  1. Lograr una drástica elevación de la calidad y pertinencia del proceso de enseñanza-aprendizaje de todos los niveles del sistema educativo y asegurar el ingreso, la permanencia y el egreso en y de él de todas las personas y elevar la cantidad y calidad de la inversión pública, social y privada destinada a la formación y capacitación del capital humano, por fuera del sistema educativo formal.
  2. Brindar una adecuada seguridad que resguarde la vida, los derechos y los bienes de todos los habitantes, lo que requiere en modo especial la firme decisión política de combatir al narcotráfico y prevenir y reducir el consumo de drogas prohibidas, condiciones necesarias para restablecer una pacífica convivencia.
  1. Dictar normas que aseguren una sustentabilidad ambiental responsable y velar por su cumplimiento.
  2. Asegurar el efectivo ejercicio de los derechos universales a una vivienda social accesible y una salud pública y asistencia social eficientes
  1. Realizar programas y obras de infraestructura que transformen la realidad deficitaria que existe hoy en esa materia y que, a la vez, estimulen las producciones competitivas (autovías y caminos, carga ferroviaria y fluvial, puerto de aguas profundas, comunicaciones, etc.), permitan una mejor calidad de vida para todos (vivienda, transportes de pasajeros, agua potable y cloacas, etc.) y tiendan a una revolución demográfica que mejore el equilibrio poblacional de nuestro territorio, que padece hoy una deforme macrocefalia.
  2. Promover una transformación del sistema financiero público y privado conducente a que los diversos servicios bancario sean accesibles para todas las personas en todo el territorio, restaure el rol de intermediario necesario entre el ahorro y la inversión que hace a la esencia del sistema financiero, incremente la proporción de los depósitos de y así hacer posible la expansión del crédito también de mediano y largo plazo para la inversión productiva e hipotecaria respecto de los préstamos de corto plazo destinado al consumo y que contribuya a la lucha contra la pobreza y la indigencia a través de la ampliación de programas de microcrédito por parte de la banca tradicional.
  3. Hacer que el crecimiento económico conlleve una justa distribución de sus frutos, sobre todo mediante la creación y acceso universal a puestos de empleos, niveles salariales dignos y de una reforma tributaria integral y progresiva por la cual sean los que más tienen quienes más paguen.
  4. Luchar contra la pobreza material, espiritual y moral para lo cual, entre otras cosas, es esencial reconstruir las organizaciones libres de la comunidad y de las personas, a partir de la familia.
  5. Promover una mayor madurez democrática haciendo realidad el sistema federal de gobierno y consolidando las instituciones que hacen a una república democrática, entre ellas los partidos políticos.
  6. Dar un salto de calidad en la integración latinoamericana y en la calidad de nuestra vinculación con el mundo globalizado

Reiteramos que afrontar los retos programáticos enumerados requiere de amplios acuerdos y consensos políticos y sociales que deberían comenzar a forjarse desde ahora y entre sus condiciones de posibilidad está que quienes se propongan conducirlos asuman que no basta con dejar de lado la confrontación permanente, que siempre divide y por eso resta, nunca suma.

También les impone ser los principales difusores e impulsores de ese programa para instalarlo en la atención de la opinión pública y hacerla consciente de su trascendencia para la vida de todos.

Por Víctor E. Lapegna.

Buenos Aires, 25 de octubre de 2014.

 

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Victor Eduardo Lapegna

Militante Peronista, empresario, docente y analista de política y economía.

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