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La Vida Blue

Analía Gonzalez

 

 

La Vida Blue

 

En una de sus mejores obras Marcel Proust sentenciaba que el verdadero acto del descubrimiento no estaba en hallar nuevas tierras sino en mirar con nuevos ojos.

Desafío extremadamente movilizador, que exige de parte del que lo asume el coraje y la capacidad necesaria para identificar su propio conflicto e intentar proporcionarle una solución definitiva, posible y acertada.

El accionar de un gobierno nunca es inversamente proporcional a las profundas aspiraciones de un sector de la sociedad que lo ungió. Por el contrario, suelen parecérsele en demasía, al punto de convertirse en espejo delator de sus elevados anhelos y subterráneas miserias.

El triste puñado de argentinos preocupados por la cotización de una moneda que no les pertenece, refleja claramente lo que esos compatriotas son: extranjeros en su propia tierra, peregrinos errantes con pensamiento antinacional y eurocentrista, sin agallas para decidir abandonar de una vez y para siempre la tierra noble que los vio nacer, vivir, crecer y hasta conducir su destino a lugares de dudosa reputación, en los que sólo ellos se sienten a gusto.

Con inmensa alegría los ayudaría a preparar sus valijas, llenarlas con su mediocridad, sus pobres sueños y ese relajamiento ostentoso de las  costumbres que los hace creerse importantes cuando abren cuentas en el exterior, vanal shopping en Miami o descansan su medio pelaje en Cancún, homenajeando su propia vida, es decir, la vida blue.

En el Aeropuerto Internacional Ministro Pistarini, gozaría infinitamente viéndolos embarcar y hasta podría fingir cierta emoción sabiendo íntimamente que su retirada implica para siempre la  definitiva liberación de sedes gubernamentales, cámaras legislativas, palacios de justicia, asociaciones sindicales y empresarias, clubes de futbol y cuanto espacio se haya visto invadido por el extravío de sus afectos y la mutilación de sus espíritus.

Entonces sí, quienes conformamos la inmensa mayoría del pueblo argentino desprovisto de ambiciones desmedidas, lo intentaremos otra vez.

No será fácil, pero en el recuerdo de que los hombres han tenido siempre malos tiempos en los que vivir, asumiremos el desafío de empuñar nobles ideales, conquistar para los tiempos causas justas y saberlas defender hasta el último aliento, porque habremos aprendido a mirar con nuevos ojos.

Chau muchachos, que tengan un buen viaje; por favor, no se les ocurra volver y si lo hacen sepan que en esta bendita tierra a los autores de tanta ignominia no se los olvidará jamás; lo que constituye un verdadero acto del descubrimiento.

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